Sus ojos eran como dos velas ardientes que no se podían apagar; ver sus ojos era como ver el atardecer, brilloso y lleno de vida.
En sus ojos podías ver el reflejo de una última ilusión, donde al verla podías dejar caer lágrimas de tristeza.
En sus ojos podías ver el reflejo de una última ilusión, donde al verla podías dejar caer lágrimas de tristeza.
El último brillo se llamaba. Tomó un suspiro profundo y, al ver a su alrededor con un giro lento, apagó, soltando gritos de angustia, gritos infinitos, gritos que no volverán a escucharse. El brillo en su última mirada fue lo único de aquel recuerdo que quedó.

Ilustración de Jennifer González Herrera
Itzel Yazmín Méndez Hernández
Egresada de la Licenciatura en Comunicación