Un ruido ensordecedor se convierte en nada cuando él entra al baño del bar, su vista está nublada y siente que su cabeza va a estallar, lo que hace que se maree y se arrodille estrepitosamente al frente del inodoro y comienza a vomitar, lo poco que ha comido y lo mucho que ha bebido pasan amargamente en su garganta y lo escupe sin querer respirar totalmente para no sentir el mal olor de esa suciedad. En la poca lucidez que tiene se pregunta: ¿Por qué ha llegado hasta este miserable punto? Y desearía tanto tener esa respuesta, una respuesta para saber ¿cómo fue que la zorra de su madre decidió tenerlo y no abortarlo? y mientras seguía vomitando hasta sentir su estómago vacío, y la garganta adolorida y el dolor de cabeza que le daba mil vueltas, se limpió la boca con la manga de su abrigo. Se recuesta en la pared grafitada y mohosa sacando una cajetilla de cigarros, tarda un poco en encenderlo con un encendedor gastado e inhala profundo con la intención de quitarse el mal sabor.
     El pronunciado escote deja descubierto su delgado cuerpo, escucha una voz que lo llama por su nombre y ya no quiere más, no quiere regresar, no desea que una persona más toque su cuerpo y que le obliguen a estar en ese lugar. Vaya lástima que había firmado un contrato con tal de tener un lugar donde quedarse y ya no estar ni un minuto más en manos de la escoria que llama padre. Cuando las náuseas le vuelven a aparecer le da una calada más, que pareciera que se le adormece el cuerpo, por lo que se levantó a duras penas, tambaleante, salió del cubículo apoyándose en la pared y se para enfrente del espejo de los lavabos.
     Odia a esa persona, le da asco lo estúpido y miserable que se ve, se da tanto asco que lava su cara y solo la máscara de pestañas se escurre en su cara y respira hondo. Se tiene tanto asco que cuando se ve al espejo vea su yo más joven, ese mismo estúpido que lamentaba su vida miserable, puede verse a sí mismo como una basura más de ese miserable barrio, muriendo de hambre y dejándose guiar por la estúpida protección que un hombre, asegurando que era su padre, le brindó una vez y de un momento a otro estaba en el fango dando besos a alguien que solo le quería por su cuerpo e incluso le da lástima cómo ese pobre y estúpido joven se vende a sí mismo para terminar en ese infierno, un infierno que desearía jamás haber conocido.
     Respira hondo y logra tener un poco más de lucidez para salir como si nada del baño, dejando lo único que lo ataba a su pasado, el recuerdo encerrado en el espejo, el odio en el drenaje y su culpa y error en la puerta. Él les sonríe a todos para señalar que está bien, baila y se divierte, y se siente bien temporalmente sin sentir tanto veneno en su corazón y la mente en las nubes, es solo un ser sin alma, con la conciencia en el abismo y en tres segundos de sobriedad desea, le pide al Dios que aún no lo saca de ahí que lo saque de ese mundo, aunque sea solo en sus sueños rotos.


Ilustración de Jennifer González Herrera

 

Elizabeth Alondra Hernández Vázquez
Comunicación. 9° "B"