Ya nunca te llegué a contar sobre la cafetería con gatos a la que fui con mis amigas; ni sobre el entrecôte que comí en Montpellier, que dicen que es mejor que el de París. Ya nunca te llamé para no sentirme sola mientras hacía mi maleta, ni te mandé mensajes cada vez que subía a un avión y estaba más cerca de ti.
Ya nunca te vi en la entrada del aeropuerto, esperando por mí, ni recibí tu abrazo que llevaba dos meses esperando. Y por mi cabeza pasó, muchas veces, el pensamiento de llamarte en cuanto llegara a la ciudad, de mandarte un mensaje que dijera: «¿Podemos hablar?».
Dudé mucho si hacerte preguntas por todas esas respuestas que nunca me diste, porque te fuiste en una respiración.
Me abrazaste mientras inhalabas; me mantuviste en tus pulmones unos segundos que en realidad fueron dos años, y, junto con las partículas de dióxido de carbono que soltaste al exhalar, me dejaste a la deriva, rodeada de un aire que no conocía: vacío, gris, sofocante.
Te di todo, y al final mi recompensa fue un adiós sin fondo, sin razón, sin siquiera una explicación.
Me derrumbé, pero rápidamente entendí que no me merezco eso, y que te mereces más mi rabia que mis lágrimas por aventarme a este acantilado sin siquiera un paracaídas para aliviar mi caída.
Me derrumbé, pero después de dos años en los que te amé con cada latido de mi corazón, después de compartirte cada uno de mis sueños y visualizarte en ellos, incluso luego de que me aplastaras el corazón una vez, después de ser la única que al final nos honró con cariño, no me quedan más lágrimas que soltar.
No necesito más respuestas que las que yo misma me pueda dar. Y, sobre todo, no necesito a alguien que no se atrevió a mirarme a los ojos y decirme lo que fuera que tuviera que decirme.
No necesito a alguien que me dejó a la deriva, que le puso punto final a nuestra historia en una llamada de voz de diez minutos. Me di cuenta de que no podía dejar que me arruinaras la mejor experiencia de mi vida, y que, si no supiste acompañarme y alegrarte de mi alegría, tampoco te merecías mis tristezas, ni mis miradas, ni mis preguntas, ni mucho menos mis respuestas.
Y, entonces, pude decirte adiós y agradecerte porque cada vez que una puerta se cierra, otra se abre; porque si no valí lo suficiente para ti como para esperarme y hacerme frente, entonces no vales lo suficiente para mí como para seguir regalándote más segundos de mi cariño, ni de mi atención, ni siquiera uno de mis pensamientos.
Te quise, y te quería querer siempre, pero los «te amo» que salían de mi boca ahora no significan más que «adiós», «te deseo una buena vida», «sin quererte en la mía». Así que le digo adiós a la imagen que solo existía en mi mente de ti con un ramo de flores, esperándome emocionado y pacientemente.
Cuelgo la llamada que nunca sonó. Cierro mi maleta para regresar a casa, dejando la caja con tu nombre en el país que me recibió con un amor con el que tú nunca llegaste a hacerlo. Y camino por la puerta de llegadas del aeropuerto.
Inhalo, alzo el mentón, mantengo, enderezo los hombros y exhalo, permitiéndome un último adiós, soltándote con todo el resto del aire que se aleja de mí poco a poco y que nunca más volverá.

Ilustración de Amy Chamé Waller
Por Victoria Isabel Ancheyta Guillén
Comunicación. 5° "A"