Un día, observando el cielo, vi una estrella que brillaba como un diamante y pensé:
     ¿Cómo sería que pudiera viajar en una de ellas?
     De repente vi algo que se acercaba a gran velocidad, cayendo sobre el pueblo. Observé un lucero viajero; con asombro, mis ojos brillaban tan fuerte que, entre mis mejillas, se dibujaba una enorme sonrisa. Fue entonces cuando mi mamá me dijo que, cuando se ve una estrella, hay que pedir un deseo, y yo pensé: ¿Qué deseo pedir?
     Mi imaginación voló hasta darle al tino con lo que podría pedir, pero algo muy adentro de mi corazón brincó más fuerte.
     Entre susurros, mi madre escuchaba mi voz diciendo:
     Deseo con todo mi corazón conocer un ángel, el más bello de todos.
     Cuando pedí ver un ángel, mi mamá me observó asombrada y no titubeó en decirme:
     ¿Tú sabes por qué tienes pequitas en las mejillas?
     Yo, por supuesto, le dije que no; sólo me vio y sonrió.
     Entonces me contó: Cuando los ángeles se acercan a ti, dejan una huella en nosotros.
     —¿Pero cuál es esa huella? —pregunté.
     —Cada pequita que tienes significa que un ángel te ha besado —contestó mi madre, dándome un beso en la mejilla.
     Y de pronto, ella guardó silencio.
     En silencio, pensé por un momento.
     Ella, sonriéndome, me dijo: No siempre verás a ese ángel, pero siempre vas a sentir el dulce beso en tus mejillas y podrás observar ese beso cada vez que te mires al espejo.
     Al ver a mi madre con sus ojos brillosos y con tanta luz, amándome con ternura, comprendí que mi deseo se había cumplido.

Ilustración de Amy Chamé Waller


Karen Hernández Toledo
Egresada de Lengua y Literatura Hispanoamericanas en 2018