«We are young. So let's set the world on fire we can burn brighter than the sun»… suena en mi playlist de forma aleatoria, no recuerdo desde hace cuánto no la escuchaba.
Como si fuera ayer me traslada a aquel 2012, a aquellos gloriosos años, esas desenfrenadas fiestas, esos tacones de 20 centímetros, el maquillaje corrido, los antros sin cover y la barra libre para las chicas, las noches de peda donde con $200 pesos la armabas, esas noches de baile infinito donde alzábamos las manos al son de la música con la esperanza de alcanzar el cielo y esas madrugadas en los jochos de la 5ª norte donde íbamos a parar para bajar la peda.
Parecía que nada podría salir mal, teníamos demasiada esperanza en el futuro, en la vida, en nosotros. Una noche de fiesta, o dos, o tres o más, bastaban para recargar el espíritu y seguir viviendo como si nuestra vida fuera un capítulo de «Skins»
No importaba si una noche antes habías fiesteado hasta el amanecer, un baño frío rápido, una Coca–Cola, unos Snickers, una Maruchan o, si había presupuesto, unos chilaquiles de Doña Adelita te revivían para seguir con la rutina universitaria y luego ir a trabajar o al revés. El día era corto, pero la noche era eterna.
En días donde no había clases, pero ya habías llegado a la facultad, sabía a gloria, nada más esperar a que todos se pusieran de acuerdo y la regla era seguirla o curarla en cualquier botanero de Terán. ¡Ay, mis amadas «Gemelas»! Cómo las extraño a las canijas. Un tritón, unas botanas entre todos, risas, coqueteos, manos acariciando algunas piernas debajo de la mesa, tanta vida, tanta juventud en una sola mesa.
«Siguiente estación: Insurgentes», suena en el altavoz del Metrobús, me saca de mi trance, casi a punto de pasarme, tengo 10 minutos para entrar a tiempo al trabajo, me apresuro, llego a tiempo y procedo a comenzar la jornada
No puedo evitar mirar hacia la ventana y pensar: «¿Qué fueron de esas noches de fiesta y camaradería? ¿Qué fue de aquella juventud que ansiaba comerse al mundo? ¿Qué fue de nosotros? ¿Acaso el mundo adulto nos devoró? ¿Quién fue? ¿Los impuestos? ¿La falta de prestaciones? ¿El futuro que nunca nos fue entregado? ¿Aquella vida prometida que nunca probamos?»
Dan las cinco de la tarde y termino mi jornada. Hoy es un día lluvioso, como casi todos los de esta ciudad, pero sigo pensando en todo aquello que hoy me aqueja. «¿Por qué nos dejamos de juntar? ¿Cuándo fue la última vez que nos hablamos? ¿Cuándo fue la última vez que tuvimos nuestra última peda, nuestra última reunión, nuestra última fiesta todos juntos y no nos dimos cuenta?»
2012, no existía la cancelación, subíamos fotos con nuestra duck face, con los vasos de Starbucks con mil filtros, no teníamos consciencia real de todo lo malo que había en el mundo. Racismo, clasismo, machismo, nada de eso resonaba, éramos tan ignorantes, pero tan ignorantemente felices.
Hoy el futuro parece más incierto que antes, aquellas amistades parecen tan lejanas, aquellas fiestas parecen un sueño vivido, aquellos lugares ya no existen más, aquella parece que fuese otra vida, una que pasó hace mucho tiempo.
«¿Cuántas vidas hemos vivido después de esa que creamos juntos? ¿Cuántas nos quedan? ¿Cuántas de nuestras nueve vidas nos hemos gastado ya?». Vaya, el martes no es un buen día para tener una crisis treintañera.
Camino rumbo al Metrobús, el sol pareciera no salir jamás aquí, pero por un momento la lluvia cesa y, entre todas las nubes, se divisa de manera tenue un pequeño atardecer, aquel que anuncia que el día, la vida de hoy, se ha acabado.
Tomo mi celular y busco entre los contactos. Ya nadie llama en estos días, la ansiedad nos carcome y, por ello, preferimos los mensajes a las llamadas, pero esta ocasión es especial, alguien responde al otro lado:
—¿Pato? ¿Eres tú? ¿Qué onda ija, qué pasó? ¿Sigues teniendo el mismo número? ¿Ya estás viviendo aquí, cierto?
Contesto a todas sus preguntas.
—Sí, soy yo ija. Sí, tengo el mismo número. Sí, ya estoy viviendo aquí desde hace dos años. Perdona mi ausencia, ya sabes, el trabajo, la vida, la adultez. No pasa nada, pero qué harás al rato. ¿Estás libre?
Cuelgo, la cita es en unos minutos a las seis de la tarde, punto medio que nos queda cerca, «El basurero», mi lugar favorito: chelas, mezcal y snacks decentes. Me apuro, llego y veo que ya ha arribado al lugar. «¿Hace cuánto no lo había visto en persona? ¿Cuatro, cinco, seis años?», comienzo a pensar, pero un fuerte abrazo me saca de mis pensamientos y sonrío.
Tal vez un martes no es el mejor día para tener una crisis treintañera, pero tal vez el mejor día para reconectar con un amigo lejano, aquel de otra vida, para tomar unas cervezas a inicio de semana, para tener una cruda al día siguiente, pero esta noche lo vale, y para recordar aquellos tiempos donde éramos jóvenes y bailábamos sin cesar. Total, mañana seremos adultos otra vez, pero hoy, esta noche, puede volver a ser eterna.
Ilustración: Amy Chamé Waller
Patricia “Pato” Sánchez
Egresada de la Licenciatura en Comunicación