Celebré mi día, compré el pastelito de chocolate que tanto me gusta, busqué un palito seco y, con el mismo encendedor con el que he prendido tantas cosas, lo encendí y lo llamé vela.
Estaba sola en el parque, veía a las personas pasar y las risas lejanas de los niños jugando en el área de juegos; las charlas de las familias las escuchaba lejanas y solo me quedaba con el sonido de los árboles, para luego ponerme mis audífonos y poner esa canción, la canción que en tres ocasiones me ha librado de no quedarme a medio camino.
La primera vez que lo intenté fue para mí estar en el maldito fondo del abismo, ahogada y torturada en el fango, a lo que la mayoría (adultos en especial) dirán que es solo un pequeño vaso de agua. Ese día mi corazón estaba destrozado, mi mente no podía pensar en más, me sentía cansada y con la misma depresión de un pájaro enjaulado. El nudo en mi garganta, la soledad y el dolor eran mi único alimento en esos días. No quería seguir escuchando mi respiración ni mi estúpido corazón palpitar y usé todo lo que podía: pastillas de cafeína, alcohol y una navaja.
Eran los peores 16 recién cumplidos del mundo y vi mis pecados y las personas que yo amaba pasar por mis ojos. La nota solo decía: “Perdónenme y sean felices, yo ya no puedo”. Y cuando vi mi sangre correr en mi muñeca y me sentía mareada, me llegó una notificación de YouTube: “Mikrokosmos sub español de BTS”. Fue por milagro que toqué la notificación para recordar en mis últimos minutos una canción que jamás había conocido.
Comencé a leer la traducción y con eso comencé a llorar; no podía creer que el anhelo que había suplicado llegó cuando estaba a punto de terminar con mi vida. La maravillosa letra hizo que desistiera; no sería una más del montón y tampoco iba a rendirme cuando estaba escuchando la mejor canción de consolación, el abrazo y la curita que mi herido y sangriento corazón necesitaba. La soledad eterna que toda mi vida me había acompañado se fue y, como pude, llegué al baño a sacarlo todo.
Yo iba a salir de esto, por ellos, por mi hermanita y por mí. El mundo podía valerme mucha madre, pero yo iba a vivir. Las canciones más sanadoras de esa banda me acompañaron el resto del día y, aunque las siguientes semanas fueron peores, yo tenía que vivir; sólo tenía que escuchar a los que me salvaron y sabía que, tarde o temprano, saldría a flote, como siempre, completamente sola. Y así fue.
La segunda vez, deseaba ser yo la que estaba en el ataúd. Éramos similares a pesar de la edad y era mi única compañía y consuelo después de… no podía explicarme cómo es que ella, siendo más fuerte que yo, estaba inmóvil ahí y yo, después de nacer en el fango y ser la peor persona del mundo, estaba con vida. Incluso deseé morir o vender mi vida a cambio de la de ella. De nuevo, el filo me ayudó a aliviar el dolor del corazón y el de mi garganta, y de nuevo recordé ese día y desistí. Y, aunque deseé irme con ella, no lo hice por amor a una familia que solo me da el cariño que el hielo da.
Y la última fue hace poco; mi corazón es demasiado masoquista y fue nuevamente (otra y otra maldita vez) destrozado por la familia externa que tanto amaba, por las personas que se consideraban mis amigos y por las personas que me rodearon en ese entonces. Creo que, para este punto, mi cobardía y el largo avance en amarme a mí misma me llevaron a retirarme de la idea, idea que, cuando siento que jalan lo suficiente de mi cuello, vuelven las ideas y ese pensamiento que tarda más en salir que en aparecer.
Apagué la vela. Han pasado 6 años desde que iba a morir, 3 años desde que volví a desear morir y hace un año que lo intenté por última vez. Cada día lucho en contra de mi idea; ya nada más me puede alterar y ya nada más me puede hacer sentir como en esos días, no mientras siga encomendada a Dios y a sus 7 ángeles. Que, estúpido o no, ellos han salvado demasiadas vidas.
Apagué las velas mientras escuchaba aquellas canciones que en tres ocasiones me salvaron para llegar a mi punto de calma. Y ya nada puede quemarme, ni herirme. ¿Cómo podrían herir algo que ya no tengo? Y vivo, vivo por milagro y maldición y, aunque soy azul y gris, soy tinta, tinta que cubre mi cuerpo con las palabras de mis escritos, escritos que jamás dejaré que se vayan con el viento.

Ilustración de Amy Chamé Waller
"Lizzy"
Comunicación