John Locke (1632-1704) demuestra que la curiosidad constituye el motor esencial de la investigación filosófica. Fue un filósofo por entero estudioso, lo que lo llevó a incursionar en la teoría escolástica, la medicina, la química y la política. Esta curiosidad le permitió a Locke moldear su pensamiento para reflexionar sobre la naturaleza humana, tanto en su dimensión jurídico-política como en los orígenes y límites del conocimiento. Tal enfoque sitúa su obra dentro del marco del pensamiento moderno, en diálogo con la filosofía de Descartes (1596-1650), filósofo que dimensionaba la existencia de ideas innatas. En cambio, la postura de Locke discrepó radicalmente al señalar que, en realidad, no venimos al mundo con ciertos «contenidos preexistentes», sino que, al contrario, somos una tabula rasa; es decir, la experiencia, combinada con la reflexión crítica, es la que gradualmente construye el conocimiento.

Ilustración de Jennifer González Herrera

     Locke considera el origen del conocimiento como la conformación de ideas simples y compuestas, donde las primeras son aquellas que se obtienen de las sensaciones: lo duro, lo blando, el frío y el calor; en cambio, las segundas devienen de un sentido interno, denominado «reflexión», donde la mente relaciona las ideas primarias para generar otro tipo, como la percepción, el pensar, el dudar y el creer.
     Es entonces pertinente preguntarse, al día de hoy, si sus ideas siguen siendo relevantes, no como reflexión histórica, sino como marco para comprender la mente humana y las estructuras jurídicas, considerando que este pensamiento se distingue por su enfoque empírico, basado en la observación y la inducción, así como por su crítica a las ideas innatas. Su noción de la mente como tabula rasa coloca a la experiencia y al aprendizaje en el centro del proceso del conocimiento. Este planteamiento no solo transformó la filosofía, sino que influyó en disciplinas como el derecho y la psicología.
     En la psicología moderna encuentra su presencia en el campo de la ciencia por ser experimental, al usar la observación e inducción como herramientas para legitimarse frente a las exigencias del modelo positivista imperante. Sin embargo, la psicología tiene fundamentos epistemológicos en distintos derroteros, de los cuales destacaremos el conductista y el cognitivista. En el primero encontramos la influencia de su pensamiento empirista, debido a que dicho enfoque considera que los comportamientos son el resultado del aprendizaje del ambiente. En el caso de la psicología cognitiva, podemos rescatar la importancia que le daba a los contenidos mentales que denominó ideas, para expresar la forma en la que el ser humano procesa, almacena y recupera información. Aunque se debe aclarar que, en el caso del concepto de tabula rasa, a la luz de la contemporaneidad, este elemento ha perdido su vigencia, pues se considera que tenemos ciertos contenidos innatos, tal como Kant (1724-1804) señalaba en la Crítica de la razón pura: el tiempo y el espacio son categorías a priori que el ser humano tiene, independientes de la experiencia, para entender el mundo.
     Por otro lado, en los campos jurídicos encontramos, en su Segundo tratado sobre el gobierno civil, cierta legitimidad sobre el estado de naturaleza como un espacio donde los individuos son libres e iguales por su capacidad racional y no por concesión de un soberano. No obstante, esta libertad no es absoluta: se encuentra limitada por la ley natural, que prohíbe dañar la vida, la libertad o la propiedad de otros, y cuya protección depende de la existencia de mediadores imparciales que la hagan efectiva.
     Para Locke, el poder político emana del consentimiento de los gobernados; a través del pacto social, los individuos establecen un gobierno encargado de proteger sus derechos y asegurar la legalidad. El poder legislativo es central, pero está subordinado a la ley natural y al bien común; por tanto, su legitimidad depende del consentimiento popular, preservando así el derecho de revocatoria frente a la tiranía. Esta concepción anticipa indiscutiblemente principios esenciales del constitucionalismo moderno, reflejados en la Constitución mexicana: la separación de poderes, la supremacía de la ley sobre la autoridad y la posibilidad de control ciudadano sobre el ejercicio del poder. La filosofía de Locke ilumina la relación entre derechos naturales y derechos humanos contemporáneos, donde los derechos que los individuos poseen en el estado de naturaleza —vida, libertad y propiedad— no desaparecen al pasar al estado civil; más bien, el pacto social los protege y garantiza a través de instituciones legítimas. En este sentido, el artículo primero de la Constitución mexicana establece que todas las personas gozarán de los derechos humanos reconocidos por la Carta Magna y los tratados internacionales, reafirmando la vigencia de los derechos naturales en un marco jurídico moderno.
     En suma, la obra de John Locke no se limita a «inaugurar» una nueva época del pensamiento; más bien, la constituye. Su ruptura con las ideas innatas y su defensa radical de la experiencia como única fuente del conocimiento establecieron el marco epistemológico que definiría la modernidad. Dicho pensamiento podemos considerarlo como un germen que encontró intersticios en disciplinas y estructuras sociales hasta nuestros días; sin embargo, su vigencia podemos advertirla en tres ámbitos centrales: en psicología, su énfasis en la experiencia sustenta un debate contemporáneo sobre la naturaleza-cultura; en el derecho, su teoría del contrato social explica la tensión persistente entre la soberanía popular y los límites constitucionales que garantizan los derechos fundamentales; en la filosofía, su empirismo continúa siendo referencia obligada en torno a la naturaleza y validez del conocimiento. De este modo, la obra de Locke trasciende su tiempo y constituye un marco conceptual aún operativo en el presente.

Ilustración de Jennifer González Herrera


Alain Arreola López y Emma Italia Serrano Ramírez
Filosofía. 3er Semestre