Ese día todo pasó demasiado rápido. Ahora que está con las manos llenas de sangre en el rincón de la cocina, ya no escucha ese tortuoso sonido que le taladraba la cabeza y puede recordar poco a poco lo que pasó. Esa mañana se había visto al espejo con la vista baja, pues no puede evitar ver su reflejo y se odia aún más. Ya tenía días que no se veía y verse demacrado, pálido y con ojeras hacía que le diera mucho más asco su aspecto.
     Luego, puso la vista en el calendario, justo en esa fecha, “lunes 15 de enero”; ese día, el cual tenía completamente prohibido celebrar, decidió romper las leyes, esa ley inquebrantable de celebrar los cumpleaños.
     No podía evitar sentirse observado. Mira alrededor de su cuarto: cientos de imágenes, santos y dioses que parecen juzgarlo, por lo que sale de su cuarto y camina por la pequeña capilla de la casa, donde ve a su madre rezar fervientemente. Los murmullos parecen siseos de serpientes, las manos de la mujer retuercen el cuello de una pequeña cerda marrón con el pelo rojo sangre hasta matarla, escuchando los últimos quejidos del animal. Él lo ve todo: ve cómo las velas de aceite arden con más intensidad y los santos voltean a verlo con los ojos llenos de repulsión, señalándolo con la mano bendita. Ver tantas imágenes y santos le hace estremecerse.
     Escucha a su madre decir: «Por favor, haz que mi hijo desaparezca de mi vida, mátalo y mándalo al infierno de los malos». Al escuchar eso, queda en shock; la tristeza lo inunda aún más cuando ella se va de la casa junto con su hermana y decide hacer lo prohibido: celebrar su cumpleaños con sus dos únicos amigos. Amigos que había citado a las 11 a. m. Felizmente los esperó hasta que se llenó de desesperación y ansiedad con el paso de las manecillas; fue destruyendo la libreta de contactos donde tenía anotado el número de ellos, llamando sin parar, jalándose el cabello y rasguñando sus brazos con impotencia, dando vueltas sin parar por toda su casa.
     Cuando el reloj marcó las 6 p. m. y el teléfono del par de hermanos que le habían prometido llegar con la condición de que terminara todos sus proyectos y tareas escolares ya no sonaba, es cuando perdió su paciencia. Su vista se volvió borrosa cuando tomó cierto cuchillo que estaba al lado del pastel y salió de su casa en busca de sus dos vecinos.
     Conforme caminaba, sus sentidos se distorsionaron, y un buen samaritano le dijo que ambos estaban en el bosque natural afuera del vecindario. Llegó hasta ellos con la ilusión de por fin recibir un abrazo y felicitación, pero solamente escuchó todos los insultos, groserías y burlas de sus únicos dos amigos, mientras uno se colgaba de cabeza del pasamanos y el otro se paraba altanero delante suyo llamándolo cruelmente “maldito adefesio que jamás debió nacer, maldito fenómeno”.
     Como respuesta a la única pregunta dulce que él había hecho, lo consumió el dolor y odio y, tan rápido que ni él fue consciente, le cortó la garganta como su madre mataba a las gallinas para su ritual. Igualmente lo hizo con el otro, que apenas y pudo suplicar por su vida sin poder destrabarse del pasamanos, haciéndole el mismo corte en la garganta sin que nadie los escuchara en la profundidad de ese parque con la soledad de la noche, aprovechando que en ese vecindario eran fieles creyentes de los dioses egipcios y no salían de noche.
     Escucha al viento atraer el olor a sangre y sentirlo aún tibio en su rostro, los cuerpos inertes con las caras retorcidas, y con cautela sale del ancho parque natural fuera del vecindario hasta llegar a su casa y que su vista se torne azul, ese mismo azul y gris que había visto en toda su vida. Las manos las siente sucias, pero le resta importancia, pues tiene una fiesta que celebrar: su cumpleaños número 18, que por fin pudo desquitarse años de maltrato y suplicios por parte de sus amigos que solo jugaron con su bondad y necesidad de amor. Por fin puede cumplir su mayor sueño, que es celebrar su vida, aunque hasta su propia madre desee su muerte.
     El fuego de los cerillos lo saca de su trance. Mira con ilusión las velas coloridas resplandecer en la oscuridad de su casa, aplaude contento y sonríe, aun si sus dientes están tintados de rojo por su propia sangre, canta la canción que una vez escuchó en una vieja cafetería y su voz se rompe cuando nadie canta con él; sopla las velas sin recibir aplausos y muerde su pastel emocionado. Hace una mueca decepcionado cuando sus únicos amigos le siguen sonriendo: tres globos manchados de sangre con caras retorcidas son los únicos que le miran fijamente en el lugar que sus otros amigos no quisieron ocupar.
     Parte el pastel viendo sus manos llenas de sangre y sonríe cuando recuerda que tiró todos sus medicamentos al excusado. Cuando termina de comer una gran porción de pastel comienza a llorar: llora y grita, grita y se golpea, se golpea y se lastima, se lastima aún más y le prende fuego a la capilla sin tomarle importancia al cuerpo maternal que ve colgado en una de las vigas dentro de esta.
     Después de todo es su venganza santa; su cumpleaños.


Ilustración de Jennifer González Herrera


Elizabeth Alondra Hernández Vázquez
Licenciatura en Comunicación. 9° "B"