Lector, debo confesarte: no sé a dónde encamino este relato. Llevo tanto aquí en la mesa implorando acoplarme al ritmo de las horas, sin más inspiración que semejante estado de escasez de ideas. Pienso en cuántos libros secundan sus espaldas en mi biblioteca. Las mil y una noches, Los cuentos de Canterbury, el Decamerón —con aquella necedad medieval de fragmentarse en voces—, después El ingenioso Hidalgo… Escasas páginas bastaron a Cervantes para ceder su narración a otro, quizá pueda yo usar tal remedio y acoplarme al remedo de musa que me toca.


Ilustración de Jennifer González Herrera

     El escritor no encuentra las palabras. Busca con el filo de las uñas entre los cabellos. Observa la página vacía, deseando que todo llegue de estallido. «¿Qué hacer cuando la trama se torna inaprensible?», se pregunta y su mente engendra una inconcebible idea: entregar al personaje su dilema. Y escribe al fin:
     Injusto creador, me pides ser quien tú no sabes, crear lo que no has visto y, sin embargo, las letras que fabricó, al mismo tiempo las construyes. Eres tanto mi creación como yo la tuya. Ambos delebles cual relato inacabado. Aquí, nuestro adiós:
     Retrato de un crimen
     Cuando se detuvo, vio el lápiz múltiples veces despojado de su punta, y la hoja que el borrador casi desvanece. Su cuento ya no estaba ahí.


Ilustración de Jennifer González Herrera


Steve Francisco Hernández Gómez
Lengua y Literatura Hispanoamericanas