Él quería hablar conmigo. Sus amigos le dijeron. En la noche lo encuentras. Preparó velas negras y cinco vasos de agua. Dibujó un círculo de sal. Quién sabe para qué. Antes de decidirse a llamarme, leyó un libro. Tal vez para agarrar valor. Repasó una y otra vez la misma línea. Como si fuera a hacer una sublime declaración. Sin soltar el libro, debió prepararse la cena. Por eso se cortó la mano y dejó un reguero de sangre en el suelo. Iba de un lado a otro con grandes zancadas. Rumiaba, echando vapor por las narices. No sé qué esperaba de nuestro encuentro. Tal vez dejarse de preocupar por las personas que lo golpeaban e insultaban en su trabajo. Quizás era la soledad. O el dinero era el problema. Casi siempre lo es. Por fin se decidió, a eso de la medianoche. No sé por qué siempre eligen la noche. Creen que uno no duerme. Me gusta la noche, pero no significa que esté despierto toda la noche, todas las noches. Soy flojo. Obviamente dormiré cada que tenga la oportunidad. Luego de su quinto intento —qué persistente era el muchacho— acepté su llamado y llegué a su cuarto a eso de las tres. Olía a incienso y sangre. Faltaban algunas cosas en su ceremonia, pero lo ignoré. No sé qué esperaba ver, pero quedó claro que no me esperaba así. El punto es que no dijo ni una palabra. Enmudeció y se desplomó con los ojos en blanco. Ni tiempo me dio a sacar el contrato. Como no quise dejarlo pudrirse así nada más, dejé la puerta abierta. Por la mañana, un pastor lo descubrió. Después de mucha discusión, después de lavar la sangre, decidieron velarlo. Ahí está, tendido y pálido en este mismo cuarto, que ahora huele a claveles, con los ojos y la boca abiertos, en el suelo, oculto en una sábana, bajo veladoras de imágenes de santos, con flores que los demás trajeron. Está el círculo con el pentagrama. No pudieron quitarlo porque los fuegos infernales dejaron su huella. Yo podría quitarlo, pero no quiero. Los hermanos y el pastor cantan y bailan a su alrededor. Qué gran horror debió ver para acabar así, dicen, mientras tomo café con pan. Sirven la comida. Está rica. Al menos valió la pena mi viaje.
Ilustración de Jennifer González Herrera
Sergio Omar Pérez Méndez
Lengua y Literatura Hispanoamericanas. 9° Semestre
