En una fresca mañana, Salvatore, un mono juguetón sin ninguna preocupación, se mecía sobre las reconfortantes ramas que la selva ofrecía. Únicamente en comer y jugar sería en lo único que pensaría, aunque en ocasiones muy solo se sentía.
Una suave brisa pasaba mientras Salvatore se columpiaba. Pronto se aburrió, bajó y caminó tanto que cerca de un pantano pasó, cuando de repente algo entre la hojarasca brilló. Una forma extraña tenía; a una pelota se parecía aquel objeto que su vida le cambiaría.

Ilustración de Jennifer González Herrera
—¡Oh! ¿Una pelota? —dijo Salvatore—. ¿De quién será esto? —pensó.
De forma cautelosa, a su alrededor vio, pero nadie se asomó; entonces una decisión tomó.
—Te llevaré conmigo, seguro habrá mucha diversión —dijo Salvatore—. Esto pesa un poco —mencionó.
Entonces, hacia arriba lo lanzaba y lanzaba hasta que sus brazos se cansaban.
—Esto es un poco más divertido que columpiarme en ramas —dijo Salvatore con una gran sonrisa—. Debí haber encontrado esto antes.
Cuando de pronto, un ruido extraño sonó.
Pronto, a la pelota revisó, cuando de repente se percató de que unas grietas aparecían, y esta pelota pronto se rompería y una sorpresa surgiría.
—¿Qué? ¡Un cocodrilo! —Salvatore, al ver al cocodrilito verdoso, exclamó—. ¿Cómo puede ser posible? Yo creí que era una pelota pesada.
Salvatore, al darse cuenta de que su diversión se terminaría y a las reconfortantes ramas ya no regresaría, su expresión cambió y de pronto en llanto se soltó, pues ahora cuidaría de un lagarto que no era su familia.
Otra opción no le quedó, así que a su casa pronto lo llevó, pero un plan ideó.
Lo primero que hizo fue buscar una canasta para meter al cocodrilo.
—Tiene que ser una canasta grande para que esté cómodo —pensó Salvatore.
También buscó algunas sábanas por si al pequeño le daba frío después y podría enfermarse.
Después de envolver al cocodrilo en sábanas y meterlo en la canasta, fue al río y ahí lo dejó, para que la corriente lo llevara a sus nuevos papás, o al menos eso se imaginó Salvatore que sucedería.
Al ver que del pequeño cocodrilo se libró, a la comodidad de sus ramas regresó. No pasó mucho tiempo y la sed lo invadió, así que al río se dirigió y, de repente, una sorpresa apareció: era la canasta que regresó.
—¡¿Cómo es posible?! —dijo Salvatore sorprendido.
Salvatore era alguien con un gran corazón, así que, como no vio a nadie cerca que cuidara del pequeño, tuvo compasión. Tomó al pequeño y a la canasta y en busca de un nuevo hogar se dirigió.
—Ven, llorón, alguien podría comerte y yo no quiero eso —dijo Salvatore al pequeño cocodrilo en la canasta.
Al llegar a casa nuevamente pensó en un plan para no cuidar del cocodrilo, pero que no fuera peligroso para ninguno de los dos, porque él quería seguir divirtiéndose, pero tampoco quería que le pasara algo malo al pequeño cocodrilito. Así que pensó en una forma en que él se seguiría divirtiendo y el lagarto encontraría una familia.
—Se me ocurre una idea —dijo el astuto mono—. Tocaré de puerta en puerta.
Así que Salvatore fue al árbol más cercano y dejó la canasta en el tronco del árbol y esperó a que otros monos bajaran, pero todo fue en vano porque nadie bajó. Ni escuchando los llantos del pequeño, nuevamente Salvatore tomó la canasta y lo dejó en una madriguera, pero sucedió lo mismo que en el árbol.
Nadie salía, ni con los grandes llantos del pequeño. Desesperado por encontrarle una familia, ahora se dirigía a un lago de caimanes, y ahí podría tener un poco de suerte.

Ilustración de Jennifer González Herrera
—Tal vez aquí estén tus padres —dijo Salvatore al lagarto.
De pronto, del lago salió un caimán muy grande a ver qué había en la canasta.
—¿Este pequeñito es tu hijo? —preguntó Salvatore.
—Claro que lo es, se ve muy rico —dijo aquel caimán con una sonrisa malvada mientras mostraba sus afilados dientes—. Digo, se ve muy lindo, muy lindo, que se parece a mí.
Salvatore desconfió de aquel caimán y observó muy bien a los lagartos, y eran muy diferentes; entonces se dio cuenta de que no eran familia.
—Oh, parece que me he equivocado de dirección, acabo de recordar en dónde viven sus padres —mintió Salvatore—. Hasta luego, señor.
Entonces, Salvatore salió de ese lugar muy rápido antes de que el caimán les pudiera hacer algo. Cuando finalmente llegaron a casa, quería pensar en otro plan, pero no se le ocurría nada.
—Bueno, pequeño cocodrilo, creo que no tengo opción. De ahora en adelante, yo tendré que ser tu nuevo papá —dijo Salvatore al pequeño cocodrilo.
Salvatore buscó entre sus ropas las más pequeñas para el cocodrilito, para que no sintiera frío o agarrara alguna gripa.
—Tuvimos muchas aventuras estos días. Es hora de un baño, pequeño llorón —dijo Salvatore.
Salvatore, durante los siguientes días, cuidaba muy bien al cocodrilo: lo bañaba, lo peinaba y lo alimentaba; e incluso se encariñó del pequeño y le puso nombre. Hasta que llegó el momento de mandarlo a la escuela.
—Hoy es tu primer día de clases, pequeñín. Pórtate bien, Xavier —dijo Salvatore.
—¡Sí, papá! —dijo el pequeño Xavier con una gran sonrisa.
Y desde ese momento, Salvatore sintió una gran felicidad, más grande que columpiarse entre ramas todos los días, más grande que la selva.
Brianey Montejo Vázquez
Pedagogía. 3er semestre