David Reed era un niño de 8 años, provenía de una familia adinerada y vivía en el tranquilo pueblo rural de Hollow Tree, Inglaterra.
Un día sábado del año 1910, durante el otoño, el infante decidió salir a jugar, como todos los fines de semana. Desayunó un par de huevos estrellados junto con un vaso de leche, se puso sus zapatos, tomó a su pequeño oso de peluche de nombre Pete y recorrió el jardín de la mansión McGregor hasta llegar al exterior de la misma.
El pequeño se dirigió hacia el columpio que estaba cerca de la casa de su vecina, la señora White, una simpática ancianita. Al llegar ahí, se dispuso a jugar de distintas formas: se columpió, corrió alrededor de un viejo y frondoso roble, sopló dientes de león, le hizo una corona de flores silvestres y amarillas a Pete, etc. Mientras hacía todo eso, se acordó de Catherine, una niña de su edad que era hija de un panadero, con quien estuvo jugando varios días durante el verano, pero no volvió a verla desde que inició el otoño. El niño recordó que su casa no quedaba tan lejos de ahí, así que decidió hacerle una visita.
El pequeño estaba a punto de irse cuando tuvo la idea de llevarle un regalo.
—¿Qué podría darle? —pensó detenidamente el niño—. ¡Ya sé, una rosa! —dirigió su mirada al patio de la señora White—. No creo que le moleste; después de todo, una vez dijo que dos de sus cosas favoritas son los niños y las rosas. Es una señora realmente amable.
Convencido de esto, cruzó la cerca de la casa.
Al aterrizar sobre el césped, caminó hacia una hermosa rosa roja, la más grande y bella de todo el jardín. Estaba a punto de tomarla cuando, de repente, David escuchó unas risas. Volteó a todos lados, pero no vio a nadie. Una voz surgió de entre el rosal, una voz femenina:
—Hola, pequeño, ¿cuál es tu nombre? —preguntó una rosa de elegante porte.
—¿Eh? —contestó el chiquillo con notable confusión.
—No te asustes, querido —comenzó a hablar otra de las rosas—. Lo que sucede es que nos agradaste mucho y queremos saber más de ti. —La flor le sonrió, gesto que hizo que el muchachito se relajara un poco.
—Soy David Reed y vine a traer un obsequio para mi amiga Catherine, ella es hija del panadero de este pueblo.
—¡Oh, Catherine! La pequeña niña pelirroja —le contestó otra flor.
—¡Sí, es ella! —se alegró.
—De hecho, nosotras la conocemos, ¿cierto, chicas? —les preguntó a las otras.
—¡Sí! —respondieron todas al unísono.
—De hecho, le contamos el secreto de nuestro color rojo brillante —dijo con seguridad una de aquellas criaturas.
—¡Guau! ¿Podrían decírmelo a mí también? —preguntó alegremente el infante.
—Claro, acércate.
El niño le hizo caso y, de pronto, un tallo se enredó en su pie y todo se volvió negro… Por cierto, ¿recuerdan que David quería ir a la casa de Catherine? Bueno, ya no era necesario: Catherine estaba ahí, atrapada entre las raíces de aquellas plantas. De hecho, había más niños ahí, todos y cada uno de ellos bajo tierra, alimentando a las rosas con su sangre para darles su característico color.
Al parecer, a la señora White realmente le gustaban los niños y las rosas. David tenía razón.
Ilustración de Jennifer González Herrera
Valeria Grajales Rodríguez
Lengua y Literatura Hispanoamericanas. 3er Semestre