Su madre toca su frente con ternura inefable, esa que solo el amor maternal puede expresar. El súbito miedo que sentía el niño era tan grande; sus ojos famélicos, en aquel diurno, solo buscaban el horizonte, algún sonido, alguna señal en esa noche oscura y fría que caía sobre ellos, tan densa y amenazante.
     Cada sonido, cada crujido en la madera lo ponía alerta y le recordaba que debía tener cuidado. El viento incrementaba debido al silencio del ambiente, lo que lo hacía desesperar; cada minuto parecía eterno. La noche amenazaba lentamente con que el alba no llegaría y se volviera tan lejana como una promesa que quizás nunca se cumpliría, pues en la penumbra hasta el más creyente podía perder la fe.
     Mateo, esa oscura noche, solo anhelaba la nirvana, pues tenía miedo de todo lo que pudiera pasar, ya que la realidad era opresora y el monstruo acechaba en las sombras, en cada esquina. El pueblo solo necesitaba un poco de serenidad, una noche tranquila para relajarse y una mañana sin que una madre llorara; no necesitaban de esa nube oscura ensombreciendo sus pensamientos.
     Recordó las palabras dulces de su madre:
     —Tranquilo, mientras yo exista... haré lo posible por protegerte.
     Por lo que él, con los ojos llenos de ilusión, esperaba que su madre siempre estuviera cerca y nunca lo dejara. Le daba tanto miedo escuchar, cada poco tiempo, noticias devastadoras: la mayoría de mujeres que perdían la vida y algunos otros hombres que no llegarían con su familia. Sin embargo, el monstruo no discriminaba géneros ni edades, pues llevaba consigo inocentes almas de pequeños niños que solo anhelaban disfrutar su infancia y jugar bajo la lluvia.
     Temía perder a alguien cercano, aunque no entendía el concepto de la muerte. Le perturbaban los rezos a medianoche y los sollozos de los vecinos que se colocaban por las calles del triste y vacío pueblo. Su tía entró a su cuarto y le dijo:
     —Mateo, no te mortifiques, tu madre estará bien.
     Esa señora, de unos 60 años, consolaba a su sobrino, pues ella también entendía la preocupación, ya que para ella era una hermana, pero para él, era su mundo.
     El pueblo temía, y como Mateo, muchos quedaban con miedo e incertidumbre. No era nuevo pensar en la inseguridad; cada día era peor que el anterior. Antes de las 8:00 p. m. todos debían permanecer en casa, pues era cuando los monstruos acechaban y las almas se apagaban. Las noticias sonaban, aunque nadie hacía nada; solo quedaba esperar, detrás de las sombras.
     Al día siguiente su madre volvió, pero la preocupación no se iba, pues sabían que ellos habían corrido con mucha suerte, pero quizás otra familia lloraba una pena.
     El monstruo no era un animal; parecía agradable, pero destruía. Para él, las personas solo eran números, aunque quizás no era el único monstruo, pues la corrupción y la maldad hacían que rondaran otros, quienes convertían las calles en angustia y dolor.
     ¿Cuál es el verdadero monstruo para ti?...

Ilustración de Jennifer González Herrera


Por Diana Rubí Díaz López
Comunicación. 1° "D"