Un año después, tu ausencia pesa más
que nunca. En tu padre, tu madre,
tus abuelos y cada uno de tus primos,
incluyéndome.
Un año después, el olor de tu fragancia
se ha esfumado y no logro sentirlo en
ningún lado.
Un año después, me da miedo cerrar
los ojos y no poder recordar con
exactitud tu rostro, tus tatuajes, tu
mirada ni tu altura.
Un año después, el sonido de tu voz se
escucha como un tenue susurro en el
fondo de mi mente y por más que lo
intente no logro encontrar el botón
correcto para subirle el volumen.
Un año después sigue siendo igual
de imposible de creer como lo era
aquel día, al momento de enterarme,
cuando mi mamá me despertó y, muy
seriamente, me dijo lo que te había
pasado.
Un año después, el vacío que dejaste no
se ha hecho más grande, pero tampoco
más pequeño. Sigue ahí, como un hoyo
negro del cual me intento alejar para
evitar caer dentro.
Un año después, me doy cuenta de lo
rápido que corre el tiempo y de que
llegará un día donde los aniversarios
de tu ida sean más que los de la edad
que tenías.
Un año después, por fin he llorado
como no pude hacerlo esa noche, por
el trauma de la noticia. Pero aún no lo
he hecho como sé que lo voy a hacer en
un futuro: en cada año, en cada rezo,
en cada canción que me recuerde tu
esencia.
Un año después, la persona que eras,
el gigante lleno de magia que estuvo
en mi vida por casi veinte años, solo
existe en mis recuerdos y en las fotos
que cuelgo en mis paredes, tratando
de mantenerte presente.
Un año después, te extraño como el
primer día. Y lentamente admito, que
la respuesta a la pregunta “¿algún día
dejaré de extrañarte?” Es un breve y
contundente: “No”.
Autora: Victoria Isabel Ancheyta Guillén
Licenciatura: Comunicación
Semestre: 7mo