María José Villatoro Roblero
Yuridia Lizbeth Díaz Jiménez
Estudiantes de Comunicación
En la vida universitaria donde todo parece moverse entre la rutina y la construcción constante de identidad hay formas de expresión que pasan desapercibidas pero que dicen más de lo que aparentan. La ropa es una de ellas, lejos de ser únicamente una necesidad o una cuestión estética se convierte en un medio a través del cual las personas comunican emociones, ideas y formas de ver el mundo, incluso sin proponérselo.
Las experiencias de Antonio, Félix, Michelle y Fernanda permiten observar cómo la vestimenta puede adquirir significados distintos dependiendo de quién la lleva, en algunos casos se vuelve una herramienta visible de expresión, en otros una extensión más discreta de la identidad, pero es igual de importante para todos.
Para Antonio, vestirse es un acto que va más allá de lo cotidiano, su estilo es percibido por otros como extravagante está lleno de intención, elementos como el glitter, las mallas o la combinación de prendas asociadas a distintos géneros forman parte de una manera de expresarse sin limitaciones, la ropa funciona como una especie de lenguaje artístico que le permite mostrarse tal como quiere ser visto, también reconoce que lo que transmite no siempre es entendido de la misma manera por quienes lo observan, la interpretación externa puede distorsionar el mensaje generando prejuicios que poco tienen que ver con su realidad.
Félix, por otro lado, proyecta la vestimenta como una forma de posicionamiento social, su estilo urbano no responde únicamente a una estética sino a una manera de cuestionar normas y expectativas, la ropa es un espacio donde puede desafiar estructuras tradicionales especialmente aquellas relacionadas con el género y el comportamiento social. Vestirse implica una decisión consciente: provocar, incomodar y abrir la posibilidad de que otros también se cuestionen; a pesar de las críticas que ha recibido tanto en redes sociales como en su entorno cercano, mantiene la idea de que la autenticidad debe estar por encima de la aceptación.
En contraste, Michelle muestra una relación más estable con su forma de vestir, pues su estilo no busca llamar la atención sino mantenerse coherente con su identidad. La ropa no cambia dependiendo del estado de ánimo sino que funciona como un reflejo constante de quién es. En un contexto como Chiapas, donde todavía existen ciertos prejuicios relacionados con la apariencia, su postura resulta significativa. Aunque reconoce la existencia de juicios, ha aprendido a no permitir que estos influyan en sus decisiones. Su experiencia demuestra que la expresión personal no siempre necesita ser llamativa para ser auténtica.
Fernanda introduce una dimensión más ligada a lo emocional. En su caso, la ropa está directamente relacionada con su estado de ánimo. Hay momentos en los que vestirse representa una forma de protección optando por prendas más cómodas o discretas, mientras que en otros se convierte en una herramienta para sentirse mejor consigo misma. También señala la influencia del entorno social, especialmente de generaciones mayores donde el “qué dirán” sigue teniendo peso. A pesar de ello, encuentra inspiración en personas que se atreven a vestir sin miedo, lo que muestra cómo las decisiones individuales pueden influir en otros.
Estas experiencias evidencian que la vestimenta cumple una función que va más allá de lo visible, cada elección desde la más simple hasta la más elaborada puede estar cargada de significado. La ropa puede comunicar emociones, ideas, posturas o procesos internos, dependiendo de la intención de cada persona. Se hace evidente la presencia de un contexto social que influye en estas decisiones: existen normas no escritas, expectativas y juicios que condicionan la forma en la que las personas se visten. Aunque algunos logran desafiar estas presiones con mayor facilidad, todos coinciden en que la mirada externa tiene un impacto.
La forma de vestir suele interpretarse como un indicador de identidad, lo que puede dar lugar a estereotipos o ideas erróneas. Esto plantea la necesidad de cuestionar qué tan válida es esa lectura inmediata y hasta qué punto se puede conocer a alguien a partir de su apariencia. La ropa puede ser una forma de expresión, pero no define por completo a la persona. Entender la vestimenta desde esta perspectiva implica reconocerla como un lenguaje propio, uno que no siempre es claro pero que está presente en lo cotidiano. Detrás de cada estilo hay decisiones, experiencias y formas de entender el mundo que merecen ser vistas más allá de la superficie.

Fotógrafo: Ronald González Pérez