Victoria Isabel Ancheyta Guillén
Estudiante de Comunicación
Sube por la escalera hacia el éxito, pero es cansado.
Quiere romper lo que el mundo llama los techos de cristal, pero mientras más alto llega, más lejos se ve el destino final.
Intentar, caerse y volver a intentar es agotador.
¿Hasta dónde el esfuerzo no se vuelve una forma de forzarse a uno mismo?
¿Hasta dónde sus rodillas aguantarán las heridas y los raspones provocados por las piedras con las que tropieza en ese ascenso tan vertiginoso?
¿Hasta dónde las ansias y expectativas hacia sus metas y aspiraciones no serán socavadas por el dolor de fracasar?
El peso sobre la espalda cada vez tensa una vértebra más; cada día provoca un rezago de claridad mental.
Las sondas clavadas a su mente no transmiten más que susurros de una expectativa opresiva,
de un estándar inalcanzable que, bajo la mirada de los que la rodean, debe pretender que es aceptable.
La cinta blanca con números inofensivos le aprieta la cintura, le exprime la garganta y le ata las manos.
Y entonces, a la par de la inclemencia y el desasosiego de los ojos inclementes, come, inhala, exhala, sonríe, agradece y se disculpa por perturbar un draconiano acuerdo que nunca aceptó.
Pero la disidencia es una flama que, mientras más acallas, más quema.
Y cada palabra que atraviesa sus oídos es una que, en el momento dado,
en el momento perfecto para su propia línea de tiempo,
saldrá disparada por su boca como incisiva saeta que proveerá tanta compasión como haya recibido.
Y sin importar todo el daño que pueda causar, todo lo rebelde e irreverente que pueda parecer,
nada eliminará el corazón hinchado de moretones que yace en su pecho,
nada hará imperceptibles las sogas enlazadas a sus tobillos que la han retenido y distraído de su mejor versión.
Pero entonces, ¿puede quejarse un poco y culpabilizar a los demás por echarle en cara todo lo que a ellos no les gusta de sí mismos?
¿Es válido que diga eso?
¿O es irrespetuoso no agradecerles a las personas por poner cuchillas bajo sus manos que le hicieron aprender lecciones de supervivencia?
¿Es su culpa por no ser obediente y no detenerse cuando le manifestaron lo mala que era en todo lo que hacía?
¿Se pone ella sola en ridículo, entonces?
¿Puede la resiliencia de continuar tratando relucir sobre el talento innato?
¿Qué es el potencial sino el suspiro de un tal vez?
¿Qué es un tal vez sino la ausencia de algo tangible, la presencia de posibilidades inciertas?
¿Es entonces una sencilla mentira?
¿Es entonces infructífero seguir escalando las gradas hacia un sueño que no le pertenece, sino a alguien más dotado que ella?

Ilustración: Nátali Suástegui Mena