Chrystopher Jehovany Bautista Jiménez

Estudiante de Comunicación

 

Ha pasado tanto tiempo que ya no recuerdo en qué momento me vacié.
No sé si fue el miedo, el dolor o el simple agotamiento de existir.
Solo sé que dejar de escribir no fue una pausa:
fue arrancarme la piel y quedarme expuesto,
mirando de frente la carne viva.

Desde entonces camino incompleto.
Partido en dos.
Como si algo esencial se hubiera quedado atrás
y yo siguiera avanzando sin eso.

He llorado solo,
con la cara hundida en la almohada,
mordiéndome el ruido para que nadie lo escuche.

Mis gatos se acuestan sobre mi pecho
y no me preguntan nada.
No exigen sonrisas.
No me piden que mejore.
Solo respiran conmigo.

Su calor pequeño y constante
es el único amor que no me pesa.
Y eso, de alguna manera,
me rompe más.

Le sirvo a la nostalgia como si fuera un dios enfermo.
Regreso a los recuerdos una y otra vez,
aunque sé que me hacen daño.
Los mastico, los repito, los idealizo.
Me arrodillo ante lo que ya no existe
y salgo siempre más vacío.

A veces pienso que no es la nostalgia quien me devora,
sino yo mismo.
Que me despierto cada día
con una inclinación secreta hacia el abismo.
Que alimento mis propias heridas
porque al menos me recuerdan que sigo sintiendo algo.

Me estoy deshaciendo por dentro.
No es exageración.
Siento cómo algo se debilita,
cómo algo pierde fuerza.

Sonrío, sí,
pero es una estructura frágil,
una fachada sostenida con hilos invisibles.

Amar es lo único que todavía me mantiene en pie.
Amar, aunque duela.
Aunque queme.
Aunque me deje temblando.

Sentir es lo único que me impide convertirme en piedra.
Porque cuando no siento nada,
me vuelvo una habitación vacía
con las luces encendidas.

Soy débil.
No como una metáfora hermosa,
sino como un hecho.

Me cuesta sostener mi propio peso emocional.
La fuerza que aparento
es una máscara que se resquebraja
cada vez que estoy solo.

Las noches son el peor territorio.
La tristeza no me protege,
solo me vigila.
Me deja encerrado conmigo mismo,
dando vueltas en la oscuridad.

El silencio se vuelve más ruidoso que cualquier grito.

No escribo porque cada palabra abre algo,
porque cada frase me obliga a reconocer
lo que intento ocultar durante el día.
Escribir es admitir que duele.
Y duele demasiado.

Cuando me preguntan si soy feliz,
me quedo en silencio.
No porque no tenga respuesta,
sino porque decirla sería definitivo.

Ellos ya saben,
pero necesitan oír algo suave,
algo que no incomode.

Yo no puedo mentirme,
pero tampoco puedo exponerme por completo.
Hay verdades que pesan más cuando se pronuncian.

A veces solo me tengo a mí.
Y no siempre es suficiente.

Soy el único que me recoge
cuando el mundo sigue su camino
sin notar que me quedé atrás.

Durante el día mastico la ansiedad.
Intento distraerme,
llenar el tiempo,
convencerme de que la ocupación es una cura.

Por las noches el vacío regresa.
No se llena con comida,
ni con ruido,
ni con pantallas.
Solo cambia de forma.

Estoy triste.
No de una tristeza pasajera,
sino de esa que se instala en los huesos.

Estoy solo, incluso acompañado.
Y me estoy consumiendo en silencio.

Quiero creer que la universidad me salvará del incendio interno,
que la rutina será suficiente.
Pero lo que arde dentro
no se apaga con horarios.

Es un mar persistente,
una ola que vuelve
cuando apenas estoy respirando.

Necesito ayuda.
Decirlo me cuesta,
pero lo necesito.

Un abrazo sin condiciones.
Un beso sin lástima.
Una mirada que no quiera arreglarme
como si fuera un problema técnico.

Solo que alguien me vea
sin miedo a lo que soy ahora.

Estoy gritando por dentro todos los días,
un grito que no sale,
pero que me desgasta.

Siento que pierdo el control,
aunque por fuera parezca estable.

Camino en sentido contrario,
digo cosas que me pesan,
reacciono desde la herida.

Estoy en peligro,
pero no por lo que hay afuera,
sino por lo que guardo,
por lo que no digo,
por lo que arde sin salida.

En la noche, cuando todo se aquieta,
me pregunto dónde estoy.
Y no tengo respuesta clara.

Hay luz suficiente,
pero nada se ilumina.

Los recuerdos regresan sin descanso.
Golpean.
Insisten.
No se disuelven.

Los días se sienten largos,
como si se resistieran a terminar.
Y, aun así, nada cambia.

La luna observa mis desvelos
como una testigo silenciosa.
Ella siempre ve lo que escondo.

Quiero cerrar los ojos y descansar de mí.
Que llegue el otoño.
Que algo se apague.
Que el ruido interno disminuya.

El sueño vendrá, lo sé.
Siempre viene.

Se llevará mis pensamientos más intensos
y dejará solo lo básico.

Y cuando todo lo demás se haya desmoronado —
las máscaras,
las preguntas,
las expectativas —,
solo quedará esto:

mi pecho subiendo y bajando
en la oscuridad.

Respirar.

Ilustración: Nátali Suástegui Mena