Nahomi Jireh Carrasco Rojas
Estudiante de Comunicación
Amor:
A veces, la distancia se siente como un océano que no termina, y cada kilómetro que nos separa pesa más cuando las miradas de otros se clavan en nosotros.
Hay días en que sus murmullos retumban más fuerte que mi propia voz, y las dudas que se escuchan en la iglesia me duelen como si quisieran apagar lo que Dios puso en nuestros corazones.
Yo también he sentido miedo. He llorado oraciones que solo Dios ha escuchado, preguntándole por qué nuestro amor tiene que ser probado así, entre desacuerdos y opiniones que no entienden lo que vivimos. Pero, cuando pienso en ti, en la forma en que me miras incluso a la distancia, recuerdo que no fue casualidad encontrarte.
Sé que hay quienes no comprenden, que creen que la distancia es un muro, pero yo sé que para nosotros es solo un camino que Dios está usando para enseñarnos a confiar.
No importa cuántas miradas juzguen ni cuántos murmullos pesen: mi corazón sigue el latido que Dios puso en mí, ese que lleva tu nombre.
Te espero en las oraciones de cada noche, en cada lágrima que se vuelve promesa.
Y, mientras tanto, aquí sigo, amándote con la certeza de que, cuando Él es el centro, ni la distancia ni el qué dirán pueden romper lo que nació de Su voluntad.

Ilustración: Nátali Suástegui Mena