Erwin López.
Estudiante de Filosofía.
En Chiapas, capital del mundo, estamos buscando un modo de ser hermanos nuevamente. Nos reconocemos todos hijos del lenguaje. Ya no utilizamos palabras como “dialecto” para referirnos a otros idiomas. Hemos admitido que no somos artífices del castellano y que nuestro intelecto es más bien renovado. Vivimos en una región olvidada por “lo bueno” de la globalización. Nos quedamos al margen del gran desarrollo.
Sin embargo, el hecho de que la filosofía exista en las instituciones en Chiapas desde hace unos siglos nos convierte en lugar fecundo para el desarrollo del pensamiento que llamamos “crítico”. La filosofía no solamente viene de occidente, sino que ha estado presente en toda práctica. El famoso “todos somos intelectuales” nos remite a que nada se hace sin el ejercicio incisivo de la inteligencia.
No es el pensamiento de los filósofos del canon precisamente lo que puede alimentar la posibilidad de una mejor convivencia entre nosotros, tampoco el modo de vida que se mantiene en el sustrato filosófico elaborado en estas tierras, el Lekil Kuxlejal. Voltear a ver la dimensión comunitaria es algo más que simplemente pensar en una clave. Insistir en el buen vivir sin la condición material correspondiente no es un error del pensamiento, sino de su falta. Esta es la invitación de la filosofía.
No podemos depender de alguien, sino de todos. La responsabilidad de pensar correctamente es cada vez más incluida. Todos nos damos cuenta de que la función pública requiere de sujetos que transmitan una subjetividad adecuada para que la objetividad de nuestras instituciones camine en el sentido correcto y, al heredarla a la siguiente generación (o administración) no nos dediquemos a “llegar a aprender” de cero, sino desde donde se ha construido. Nos damos cuenta muy fácil cuando una institución tiene un pensamiento único o narcisista. Los grandes espectaculares endiosan la imagen y no el trabajo de todos.
¿De qué retorno se trata entonces? Lo original viene del futuro, no del origen en el pasado. El mensaje más importante del pensamiento de nuestros pueblos originarios radica en la posibilidad de unirse a otras formas de pensar sin que deje de operar el ímpetu. La paz anterior (slamalil k’inal) no es la paz de ahora, la política ha cambiado y la poética tiene nuevos símbolos. Se ha perdido mucho, o bien, como dice Paoli, “se ha degradado pero no se ha extinguido y es posible recuperarlo”.
El logos griego no siempre terminó en una gran Ciudad-Estado. Creo que uno de los problemas a revisar del Lekil Kuxlejal es conocer cómo se degradó, qué hace que se pierda en esa experiencia de comunidad. ¿Era posible realmente tener un solo corazón?, ¿era el silencio un signo solamente de la paz y no la guerra? La investigación nos daría pistas de qué elementos nos podrían ayudar a advertir los riesgos de vivir en comunidad.
No se trata de destronar un concepto o una realidad política, sino de hacerla más fuerte. Si bien, como dice Paoli, “No es una utopía porque no se refiere a un sueño inexistente”, bien podría ser un “átopos”, algo fuera de lugar, sin lugar o extraño. Las semejanzas que hay en el Lekil kuxlejal con la naturaleza también son importantes para conocerlo mejor, no solamente por su parecido con el “ambiente que sonríe” o “los pájaros del campo”, sino por lo que la naturaleza también es: caos.
Recientemente pregunté en el “Congreso Internacional Lekil Kuxlejal: sembrando el futuro común de Chiapas” qué se oponía a esta filosofía, y el Dr. Luciano Concheiro dijo de manera tajante, “es el capitalismo”. Y ahí es donde también tenemos la misma tarea en nuestras distintas prácticas filosóficas: seguir desentrañando esa otra filosofía voraz o práctica sin filosofía. Bien podemos decir que el capitalismo se opone a todo. Eso nos marca varios caminos verdaderos de transitar en el pensamiento chiapaneco: si nosotros no lo filosofamos, nadie lo va a hacer por nosotros.
Citando a su vez a Miguel Hernández, podemos decir:
El lekil kuxlejal está en cada arreglo de la familia o de la comunidad. Hay acuerdos de la comunidad que requieren ser reverenciados, porque nadie más arreglará las cosas aquí, nadie que venga de otra parte, no será porque se mande traer al gobernador del estado. Es allí mismo, en la comunidad que diremos cómo hacerlo bien. El acuerdo dirá que alguien no moleste, que no se haga algo de tal o cual modo y así nos dicen en las asambleas y será ese acuerdo de asamblea lo que habrá que obedecer. La palabra de cada asamblea será la única manera de buscar la vida nuestra.
Este es el trabajo de la práctica filosófica: pensar en comunidad para hacer en comunidad.