Erwin López.

Estudiante de Filosofía.

 

I – Drakein, derkomai. Mirar con claridad

Comenzamos viendo las estrellas y terminamos formulando el cálculo infinitesimal, aun cuando el conocimiento se prohibió. Hemos visto el terror en nuestros ojos y probablemente nuestras junglas de concreto nos hayan hecho olvidar nuestro pasado. Ya ni siquiera nos gusta recordar, pues existe la automaticidad de la lente que todo lo captura, del registro virtual que se almacena y consume así el recurso del mundo.

Parte de ese cálculo sobre lo que digo y me dicen, incluso sobre lo que ni siquiera he pensado, viene a mí en forma de imágenes. Bien dicen que todo buen argumento es figurable. Aunque últimamente sólo nos quedan figuras sin argumentos. Justamente ahí aparece la captura de un animal antiguo, feroz, que sobrevive en una isla, pero que preserva eso que tanto nos enamora a los seres humanos: su naturaleza.

En los ojos se deposita la transparencia de nuestras almas. No dudamos en  imaginar siempre que podemos ver algo a través de ellos, un misterio antiguo sobre sus orígenes, su historia. Pero, al ver a los animales nos detenemos en ese ejercicio, pues su diseño es distinto, incluso, envidiable: ver en menos tonos o en otros colores o disponer de capacidades distintas, como si fuesen poderes que nos fueron negados a cambio de esta fugacidad óptica que llamamos conciencia.

Están los ojos del venado que —¿sabe?— está a punto de morir y los ojos de quien tiene hambre. Y en esta imagen ya pensamos que estos animales tienen personas. La presa tenía a otro animal dentro de sí. Un ciervo a punto de nacer es arrancado de ese cuerpo. En un bocado, el dragón engulle a la presa inesperada. Y el hambre continúa muy dentro, con una abertura en la carne y los órganos expuestos. Mordida a mordida, se rompen las fibras de la unidad natural.

Una torsión más del cuello y el ánima se ha extinguido, aunque ningún mundo haya terminado ahí. Es lo que tenía que pasar. Es el cuidado en la arquitectura biológica de ese réptil lo que le permite desplazarse de ese modo en su supervivencia. Se alimenta de carroña y también caza. Es un lagarto terrible que no ha dejado de estar cerrado en su propia estructura molecular.

 

II – Dignitas. Sin rango específico

“La escritura viene del viento divino”. Nunca hemos tenido una mejor explicación sobre nuestro huésped maldito. El tremor que se instaló en los tejidos fue el inicio precluido de nuestra deriva. Nadie sabe y nadie puede saber qué es lo que somos. Toda explicación estaría fuera de nuestro alcance. No porque nuestras palabras no alcancen, sino porque justamente no salen de donde estamos.

Una voz, nada más, es lo que necesitamos para ingresar correctamente al torrente del deseo. La delgada piel que nos envuelve al nacer es la dura madre que faculta la recepción del sonido para transformarlo inmediatamente en algo distinto. No es algo, es alguien, es algo que viene de alguien. La matriz se abre, la letra nos lleva de la mano y nos abraza por primera vez.

Comenzamos viendo el amanecer y un día sabemos que habrá un atardecer. Antes que el día termine se nos conmina a todos a “no entrar a esa noche” sin lograr nada. De ese modo conquistamos la materia que nos rodea y descubrimos que habla un idioma que parece universal. No sabemos exactamente si, más bien, eso nos descubrió a nosotros. Con eso hemos logrado iluminar el espacio y transformarlo. Desde entonces vemos a los animales como objetos.

Nos gustaría mucho que aquellos animales que viven con nosotros supieran, al menos, que existimos. Confundimos la libertad con el encierro. Creemos que ellos están atrapados y que necesitan algún día poder hablar. No sabemos qué condena les estamos deseando con eso. Ellos sí están seguros sobre qué comer, dónde dormir. Ningún verbo para ellos es el principal ni hubo derivaciones del mismo que conquistaran ningún acto.

De tanto que hemos visto, ya nada nos asombra. No tenemos que perder nada y, por eso mismo nos asusta perderlo todo. La revolución de los orbes celestes terminó en la destrucción de una escuela donde unas niñas estudiaban, donde otros niños jugaban sin abstracciones. Un hombre roto comienza a hablar y sostiene la mano —únicamente la mano— de una de esas niñas. Quizás nunca sepamos cuál era su nombre o su rostro. Los números cruzan el cielo y los vemos caer con una brillante luz.

Es el mecanismo de la abstracción lo más difícil de entender para una máquina, porque implica la aleatoriedad de nuestra existencia, el miedo de tener una certidumbre, algo fijo. Es aquí donde el tremor es ahora horror. Entrenamos los cuerpos que pensarán con naturalidad dónde depositar las fuerzas que se nos revelaron, el desencadenamiento de la separación. Henos aquí, congéneres, bestias abstractas, donde sí somos superiores a los animales pues nosotros sí sabemos lo que hacemos.

Ilustración: Nátali Suástegui Mena