Sofía Alexa Gómez García

Madeline Suemy Popoca Linaldes

Mónica Deniss De los Santos Parada

Flor Nurisbet López Vizar

Estudiantes de Comunicación

Lo conocí en un baile del pueblo; al inicio solo cruzamos miradas, pero la química fue instantánea. Él me miraba como si tuviera el atardecer en los ojos y las estrellas en mis mejillas, y yo, al mirarlo, entendí por primera vez el significado de las mariposas en el estómago. Ya lo había visto en repetidas ocasiones por el pueblo, cuando iba caminando por la calle, pero jamás habíamos cruzado miradas hasta ese día.

La conversación fluyó casi con demasiada comodidad, como si estuviéramos destinados a encontrarnos el uno al otro. Los días se convirtieron en meses, el cariño en amor y la amistad en noviazgo. No podía creer mi suerte: tener a Luis de mi lado era el mayor logro de mi vida, y sé que él se sentía de la misma forma; lo notaba por cómo me trataba, con tanta ternura, como si estuviera hecha de vidrio y él temiera romperme.

Un día de verano, en una de nuestras inmensas citas, fue cuando Luis me hizo la pregunta que tanto anhelaba.

—Amada mía, no puedo pasar otro instante contigo simplemente siendo mi novia. No quiero irme a dormir esta noche sin preguntarte… ¿te casarías conmigo? —dijo, mientras enseñaba un anillo precioso, al tiempo que se arrodillaba.

—¡No puedo creerlo, claro que sí, Luis! No puedo esperar a ser tu esposa —expresé entre lágrimas de alegría, con la mayor euforia que sentía.

Fue después de un tiempo como prometidos que logramos casarnos. Teníamos tanto amor que se sintió como algo divino. La boda fue genial y, sin duda alguna, ese día uno al otro entregamos nuestra alma para unirnos por siempre.

Al entrar en la capilla, guiada por mi padre, vi a mis amigos y familia igual de emocionados; Luis estaba al final del recorrido, con una sonrisa suave y ojos que demostraban el inmenso afecto que me tenía. La misa, aunque larga, fue espléndida, y nuestros votos llenaron mi corazón de una calidez sin igual.

Y, con un tierno beso, Luis y yo, completamente enamorados, dimos inicio a nuestro matrimonio y a lo que, sin duda alguna, sería el inicio de un nuevo capítulo en nuestras vidas, uno que duraría hasta que la muerte nos separara.

Tras muchas lunas compartidas, el destino nos dio una sorpresa, resultado de nuestro gran amor: nuestro bebé sería la luz de nuestros ojos, ya que era el reflejo vivo del inmenso amor que ambos teníamos. El embarazo fue más difícil de lo que esperaba; las complicaciones no fueron tan ligeras como había supuesto, gracias a la experiencia que me compartió mi madre, pero yo estaba dispuesta a soportar cualquier cosa con tal de tener a mi pequeña fuente de luz y amor.

Y entonces, cuando nació nuestra preciosa y bella hija, Lulú, Luis quedó loco de amor por ella. Cuando la vio por primera vez, ese día, en todo nuestro tiempo juntos, sentí que me iban a desterrar de su inmenso amor por el de la pequeña que yo misma traje a este mundo.

Por primera vez entendí los celos de los que tanto hablaban mis amigas. No lo entendía: amaba a mi hija, pero cada vez que Luis le dedicaba más tiempo a ella que a mí, esa mala hierba en mi corazón crecía. Aunque era algo involuntario, no creí que yo le tendría celos a nuestra pequeña hija, pero eso era algo que ni yo sabía descifrar.

Ese recelo crecía un poco más cada vez que veía cómo Luis le dedicaba más tiempo a Lulú que a mí, su esposa. El colmo fue cuando Luis tuvo que viajar. Claro, amaba a mi hija, pero esos llantos me iban a volver loca. No podía soportarlo: por más que la meciera o le cantara, no lograba controlar ese llanto que cada vez se volvía más molesto. A todo momento del día, Lulú requería más y más atención. ¿No le bastaba quitarme el amor de mi esposo? También parecía querer llevarse mi cordura.

Lulú ya no lloraba; solo permanecía en mis brazos, envuelta en la manta rosa que Luis le había comprado.

—Mi niña… mi dulce Lulú… —susurré, con voz quebrada.

Las moscas no se van desde hace días, pero no les prestó atención. Solo quiero tener ojos para mi pequeña bebé, que duerme profundamente. Me alegra que haya dejado de llorar; la almohada había funcionado muy bien.

De repente escucho el sonido de unas llantas sobre la grava de la casa: Luis por fin ha vuelto. Cuando entra, nota el silencio que nos envuelve. Percibo su sorpresa porque la bebé no llora.

—¿Lupita…? ¿Dónde está mi bella Lulú? Y… ¿Qué rayos es ese olor?

Voy hacia él con nuestra pequeña en brazos. Sé que se sentirá orgulloso al ver que ya no llora cuando la cargo.

—Está dormida —dije—. No ha llorado en todo el día. La logré calmar; recuerdo que tu madre me había dicho que le pusiera su almohada favorita. Lo hice y se calmó mágicamente.

Le ofrecí a Lulú con una sonrisa dulce.

—¿No la ves? —susurré—. Está feliz. Te extrañó. Y por las moscas… no te preocupes, llegaron de la nada y no se han ido; ojalá a nuestra pequeña no le moleste.

—¿¡Qué has hecho!? ¡Lulú, mi niña!

Y me la arrebató de los brazos, gritando, llorando como ella lo hacía antes, gritándome a mí, que por fin había hecho dormir a la bebé…

Ilustración: Nátali Suástegui Mena