Laura Isabel Gómez Ríos

Estudiante de  Lengua y Literatura Hispanoamericanas

El zumbido se detuvo. El territorio quedó en silencio.
Olfateé el aire. El rastro estaba ahí: denso, agrio, insistente, una huella caliente que no correspondía al frío del entorno. Algo había sobrevivido demasiado tiempo. Algo se negaba a desaparecer.

Abrí las fauces del santuario blanco y el vaho me golpeó como un aliento enfermo. No era frío; era la respiración de la presa atrapada, el vapor de su lenta descomposición. La penumbra se replegó hacia el fondo y, allí, en el nivel superior, yacía el botín.

Se desbordaba en una humedad obscena. Una masa pálida, informe, todavía tensa, como si conservara memoria del movimiento. La piel se me erizó. No había huida posible, solo el instante previo al desgarro.

Entonces lo vi: un hilo carmesí, espeso y brillante, avanzando con paciencia por el borde del vidrio. Goteaba hacia los estratos inferiores, marcando su descenso con una caligrafía lenta, solemne, irrevocable. La sangre siempre sabe dónde caer.

El impulso fue inmediato. Las garras respondieron antes que el pensamiento. El cuerpo entero se inclinó hacia adelante, cargado de una furia precisa, sin duda, sin titubeo. Aquello debía ser borrado.

Tomé el trapo.

Al primer contacto, la tibieza del fluido me recorrió la piel como una provocación tardía. La mancha se resistía: no huía, no cedía; se abría bajo la presión y volvía a cerrarse, una película viscosa que se incrustaba. Tallé con una violencia terca, repetitiva, hasta que el ardor subió por los dedos y el antebrazo empezó a doler.

La respiración se volvió irregular. El pulso martillaba en las sienes. Durante unos segundos, solo existió el roce áspero contra el vidrio, el sonido húmedo de la fricción, el cansancio.

Abrí el grifo.

El agua golpeó mis manos y algo en mí cedió. La furia se fue diluyendo en el remolino del desagüe. La tensión aflojó. Los hombros descendieron. La mandíbula se destrabó con un chasquido casi imperceptible.

Miré mis dedos bajo la luz blanca. Estaban enrojecidos, la piel arrugada por la humedad, las uñas cortas, sucias en los bordes. Tardé un instante en reconocerlos como propios.

Ya no había garras.

Solo manos.

El espacio también empezó a ordenarse. Las superficies recobraron su geometría, los límites se volvieron nítidos, las proporciones familiares. El santuario dejó de ser caverna. La penumbra se volvió cocina.

Todo parecía limpio. Demasiado.

Bajo esa pulcritud persistía, sin embargo, un temblor: la certeza de que el orden no es más que una pausa entre dos descomposiciones.

La náusea que me invadió no era solo por el hedor, sino por el reconocimiento. Esa masa pestilente que tanto había odiado no era un enemigo: era mi propio rastro, mi deuda de sangre.

Solté el trapo en la tarja. Me sequé las manos en el mandil y miré el reloj de la pared. El pollo se había echado a perder porque el termostato no resistió el calor de la tarde. Saqué la bolsa de basura, anudé el plástico para que el olor metálico no se escapara y la llevé al patio. Regresé a la cocina, rocié desinfectante con olor a pino sobre el vidrio y cerré la puerta del refrigerador.

Anoté en la lista: pollo.

 

Ilustración: Nátali Suástegui Mena