Osvaldo López Bermúdez
Estudiante de Pedagogía
Era el año de 1970. Lo que ahora se conoce como Nuevo Huixtán, Chiapas, estaba completamente cubierto de flora y fauna, una selva en todo su esplendor. Las primeras casas apenas se estaban cimentando. Los habitantes eran recién llegados en busca de nuevos terrenos. Sin embargo, enfrentaban un gran problema. No se trataba de invasiones ni de conflictos sociales, sino de una fuerza natural a la que un solo hombre no podía hacer frente, y habitaba en esos lugares: una bestia.
En una hamaca reposaba don Manuel, uno de los líderes del grupo. Miraba a la nada con un cigarro en la mano. Pensaba que ese sería el día en que acabarían con aquella bestia, que había terminado con becerros y ganado, y que había herido a uno de los suyos. “El tigre”, así lo llamaban, aunque en realidad era un jaguar; no por eso dejaba de ser peligroso. Sea como sea, al caer el sol, irían tras él, aunque eso significara desafiar a la muerte.
Doce hombres se encontraban reunidos a campo abierto; repasaban el plan que habían trazado para capturar al animal. Aunque, en realidad, solo se trataba de perseguirlo con la ayuda de un perro cazador y luego acabar con él. Don Manuel y dos hombres más contaban con un rifle de caza; el resto se las había ingeniado para tener algo con qué atacar.
Uno de ellos miró hacia el oeste y vio que el sol estaba a nada de desaparecer. El hombre tragó saliva y después se persignó.
—Ya es hora —dijo don Manuel.
Los hombres se acercaron a una pila de antorchas acomodadas en el suelo; cada uno tomó una y la prendió. Estaban conscientes de que la bestia temía al fuego. Sin más, se adentraron en la selva, desapareciendo en la oscuridad.
El grupo caminaba con cautela, observando a su alrededor. Pasaban entre follajes que provocaban pequeños siseos. Parecían no tener rumbo; dependían únicamente del olfato del perro. De pronto, este se detuvo, alzó las orejas, se irguió y empezó a ladrar. Luego echó a correr. Los hombres intentaron seguirlo, pero el animal parecía tener tanto coraje que logró zafarse de su correa. Lo habían perdido. No había plan B, no había esperanza… hasta que oyeron de nuevo los ladridos.
Inmediatamente fueron al lugar, guiándose por el sonido; sin embargo, llegaron tarde. El perro estaba muerto.
Su cuerpo yacía debajo de un árbol. Dos hombres lo revisaban. Don Manuel inspeccionó el lugar, con rifle en mano y sudor en la frente. El animal podía estar cerca.
Alzó la mirada hacia el árbol y vio, en lo alto, unos ojos amarillo-verdosos que brillaban en la oscuridad. Antes de que pudiera avisar, el animal saltó sobre uno de los hombres y cayó sobre su espalda. Se oyó el track de sus huesos y luego le clavó sus filosos colmillos bajo la nuca.
La antorcha del hombre cayó sobre las hojas secas y el fuego se expandió rápidamente. Uno de los hombres no logró moverse a tiempo y las llamas lo alcanzaron. Gritaba horrorizado, mientras bailaba con el fuego. Todos intentaron ayudarlo, excepto uno, que no podía moverse: sus piernas estaban temblando, estaba paralizado, no estaba consciente.
El jaguar echó a correr al ver la inmensa cantidad de llamas. De inmediato, don Manuel tomó su rifle y disparó tres veces en su dirección, atinando solo a una. El jaguar logró escapar, pero dejó un rastro de sangre. Don Manuel lo siguió.
Un solo hombre se enfrentaría a la bestia.
Su caminata parecía eterna. La mano que sostenía la antorcha temblaba. Tenía casi nula visibilidad, pero podía oír la selva: el sonar del río, algunas aves, las cigarras, el croar de las ranas e incluso el siseo de una serpiente.
El rastro de sangre continuaba. ¿Hasta dónde acaba?, pensó. En cada paso intentaba ser sigiloso, pero, sin darse cuenta, pisó una rama que resonó como un trueno.
Todo quedó en silencio por un segundo y, de la nada, emergió el jaguar, extendiendo las patas para atraparlo. Don Manuel se agachó rápidamente y cayó entre abundantes pastizales húmedos. El jaguar se volvió para contraatacar, corrió hacia él y saltó una vez más, pero esta vez don Manuel logró apuntar a su pecho, haciendo que el animal cayera hacia atrás.
Don Manuel se levantó y vio al animal en el suelo, jadeando. Ya no parecía una bestia, sino un animal asustado, como cualquier otro.
¿Qué había hecho? ¿Quién era la bestia ahora? ¿Quién invadió a quién?
Alzó el rifle; su rostro emitía incertidumbre. ¿Lo mataría?...
Antes de que pudiera decidir, sintió un dolor en la parte baja de la pierna. Bajó la mirada y vio que una serpiente tenía los colmillos clavados en su pierna. No tuvo reacción alguna; simplemente se sentó.
Los demás pobladores esperaban al grupo y, después de tanta impaciencia, por fin los vieron asomarse. Parecían no cargar con nada, pero luego lo vieron: el cuerpo del jaguar sobre la espalda de uno de ellos. Ante esto, todos celebraron; sin embargo, cesaron rápidamente cuando se dieron cuenta de que no solo cargaban al animal. Tres hombres habían perecido, entre ellos don Manuel.
Los llantos invadieron el lugar y comenzaron a maldecir al animal, pero… ¿qué habría pensado don Manuel en sus últimos momentos?
Quizá ese fue su castigo. Quizá se lo merecía. Y tal vez esa fue la manera en que la naturaleza tomó lo que se le había arrebatado.

Ilustración: Nátali Suástegui Mena