Carlos Daniel De La Cruz
Estudiante de Pedagogía
12 de mayo
Hola, mami:
Hoy desperté muy cansado, quizá porque no estoy acostumbrado a estar solo demasiado tiempo, pero tu presencia hizo que pudiera dormir tranquilo. Hace dos días que por fin encontraste la paz y, créeme, no ha pasado noche en que no pare de llorar, aunque sé que solo así estarás más cerca de mí, justo en mi corazón. Te puse las sábanas blancas, las de seda, porque un ángel no puede descansar en un lugar áspero. No te preocupes por mí, sé cuidarme muy bien; he tapado con maderas las ventanas que dan a la calle; ya sabes, soy demasiado paranoico.
Dejé la universidad; ahora solo quiero estar en casa y pensar, solo pensar. Quiero entender aquello que nunca he entendido, aquello que me da miedo. Aunque el hecho de que haya dejado la escuela no significa que deje de aprender historia; sabes que es lo que más me gusta…
Las tardes las suelo pasar en la terraza, viendo cómo el sol se oculta entre las olas del mar que está cerca. Me da curiosidad salir nuevamente al muelle, pero tengo que cuidarme; esto lo hago por ti, porque sé que tú quieres que me cuide de todos. También quería decirte que riego el jardín todos los días. Cuando las gardenias florezcan, prometo traer un ramo; sé que eran tus favoritas, blancas y puras como tú. Lo único que me ha aterrado es pensar en todo lo que pasa afuera; por eso siempre pongo un candado al portón principal para que nadie pueda entrar.
¿Te acuerdas de la playa que está cerca? Ayer estuve juntando algunas plumas blancas; creo que son de gaviotas o palomas, yo qué sé, solo sé que son muy suaves. Siempre he pensado que las alas de los pájaros son iguales a las de los ángeles.
Te extraño mucho. Te prometo que, cuando muera y los gusanos se coman mi corazón, todo lo que probarán será el inmenso amor que siento por ti, mamá…
30 de mayo
Otra vez yo, mamá:
Hoy traje gardenias; por fin sus pétalos se abrieron de par en par. Cuando las vi, no pude evitar pensar en ti otra vez; cada pétalo tiene escrito tu nombre, por algo eran tus flores favoritas. También debo admitir que ese brillo en tu pecho jamás desaparecerá, no hasta que yo quiera…
Hace unos días encontré demasiadas moscas en casa, es raro, siempre cuido de limpiar bien cada rincón, aunque, ahora que lo pienso, quizá dejé alguna fruta podrida en el refrigerador. Hace días no he comido nada; no tengo ganas de comer, mamá. De hecho, ya me acostumbré a las moscas, porque sé que son tus mensajeras, pero buscaré el motivo por el que están en todas partes; ya sabes, aún no dejo de ser paranoico.
Los vecinos han llegado a tocar el portón una y otra vez para hablar conmigo. Son muy molestos para estas cosas, por eso no les abro nunca, ya que solo te necesito a ti. Ya junté demasiadas plumas; aún me pregunto qué hacer con ellas, son tan blancas y delicadas, son ideales para ti, no por nada te gustaban las gardenias. Salí a comprar algunas cosas mientras los vecinos dormían; traje hilos para costura, porque esto me vuelve loco. También traje velas, muchas velas, para que jamás falten…
También empecé a leer. Hace tiempo no leía un buen libro. En la escuela había escuchado sobre Orestes, un libro antiguo, y hoy lo encontré mientras daba una vuelta por la biblioteca de la ciudad. Cuando tenga tiempo, prometo ir a contártelo, mamá. Las velas que puse sobre tu altar ya se derritieron; la cera corre en algunas partes. Pronto las quitaré, no quiero dejar manchado el piso de la casa, luego cuesta encontrar más cera.
Prendí el incienso que tanto te gustaba; ese aroma a canela llena mis pulmones de una paz que no puedo describir. Pero debo decir que ese aroma ya no es suficiente. Bueno, tengo que irme, los vecinos están afuera, esperando…
5 de junio
Madre, nuevamente tu hijo:
Hoy estoy más cuerdo que nunca. Es el segundo libro que he leído desde tu partida: Ícaro.
Ya tengo tus alas; ahora podrás volar. Hoy saldremos al muelle. Te ves tan hermosa con tus alas blancas, sé que volarás tan alto que tocarás el sol. Cuando llegue el atardecer, tus mensajeras dejarán de hablarme. Prometo ponerte una gardenia en tu oreja. Tus alas no se caerán, están firmes en tu piel. Yo te veré volar desde la terraza rumbo al sol. Ahora podrás irte, porque ya vives en mi corazón; ya no te volveré a detener.
Por fin los vecinos dejarán de tocar el portón y de gritar como locos; por fin estaré en paz. Vuela, Ícaro, esta vez nada te detendrá. Vuela, madre, porque tú eres mi ángel. Esta vez ya no detendré los latidos de tu corazón para que nunca puedas marcharte; ya quité esa daga de tu pecho.
Ahora eres libre, ahora somos libres.
Ahora eres un ángel, mi ángel…

Ilustración: Nátali Suástegui Mena