Mateo Alberto Díaz Gutiérrez

Estudiante de Comunicación

Solo escuché el grito; otros aseguran haber escuchado el golpe. 

Cuando la gente, mórbida de saber qué había pasado, ya estaba en el lugar, fue cuando decidí acercarme. No lo hice antes, a pesar de estar más cerca que la mayoría, quizás por miedo a corroborar mis sospechas al asomarme. Finalmente lo hice.

Yacía boca abajo, con las piernas separadas y uno de sus brazos atrás de la espalda, sosteniendo con la mano lo que parecía ser una bola de papel. Cuando me asomé, la sangre granate apenas comenzaba a serpentear y acomodarse por las grietas de las baldosas, rotas por el abrasante sol que ahora calentaba también a aquel cuerpo desconocido.

Entre el tumulto de personas sollozando y murmurando, alcancé a escuchar la voz de Elisa, la única amiga que tenía en el turno de la tarde. Me dirigí a ella sereno, tratando de ser el rol de la calma en la tormenta, sabiendo que ella era todo lo contrario en situaciones estresantes. Sin embargo, cuando llegué a ella, apretujándome entre las personas, estaba en calma.

—¿Lo conoces? — le pregunté.

—No, y creo que nadie de acá tampoco. Solo reconozco su mochila, pero no su cara, ni su nombre, ni su semestre. Nadie lo conocía.

Escuchamos una discusión entre la horda de gente y creímos Elisa y yo que era de personas que lo conocían, pero no: eran un grupo de hombres que discutían si bajar o no a verlo, hasta que uno de ellos, valiente o estúpido, dependiendo de cómo decidan verlo, decidió bajar por las escaleras para ver el cuerpo de cerca e irrespetar su humanidad.

Entre gritos de la gente de arriba y palabras de apoyo de sus amigos, aquel compañero decidió darle la vuelta al cuerpo, dejando a la vista de todos la cara sin vida de esa persona.

Yo volteé la mirada a un costado; preferí ver el rostro de Elisa, pero ella no. Sin inmutarse, se quedó viendo el rostro de esa persona. La barbilla no le temblaba, a diferencia de otras mujeres que estaban ahí, ni tampoco gritaba o se quejaba como lo hice yo cuando lo voltearon.

—Todavía no sé quién es —me dijo sin despegar la mirada—. Es un chico, míralo, tú quizás lo reconozcas.

—No puedo —le dije con temor.

—No veas la sangre, míralo a él. Míralo, Andrés, no seas como ellos —me dijo enojada.

Con los ojos entrecerrados pasé mi vista por él de pies a cabeza. Cuando llegué a su rostro me detuve. No me tomó más de cinco segundos reconocerlo y darle una respuesta a Elisa.

—No sé quién es, lo siento, Elisa.

Fue después de decir eso que reconocí a mi amiga de nuevo. Su rostro inmutable por fin reaccionó y soltó las primeras lágrimas, lentas, tímidas, recorriendo sus mejillas; después salieron las más valientes y fuertes a caer hasta el piso, todo para, al fin, soltar un grito y dejarse caer de rodillas al áspero suelo.

Nos quedamos los dos ahí hasta que la gente se disipó después de darse cuenta de que la persona no era nadie que conocieran. Ya no era interesante para ellos: era solo una persona.

Cuando las sirenas sonaron, alcancé a asomar mi cabeza un poco por encima del barandal, pero solo vi cuando se lo llevaban, y en el piso desquebrajado dejaban aquella bolita de papel que había rodado cuando lo voltearon. El sol se había ocultado ya y Elisa se fue. Me ofrecí a llevarla a su casa, pero se negó; únicamente la acompañé a su parada y la ayudé a subirse al colectivo. Ella se fue, pero yo me quedé un rato más.

Entré de nuevo a mi facultad. Caminé bajo los árboles, tratando de encontrar ardillas o murciélagos. Me encontré una botella de plástico vacía y la pateé hasta llegar a aquella escena de nuevo. Consciente o inconscientemente, llegaría ahí de todos modos, por lo que no me importó estar ahí. Me asomé de nuevo con la esperanza de no ver ningún rastro de que hubiera pasado algo, pero fue en vano: ese río ya se había secado y había dejado su marca en el piso.

Bajé cada escalón pensando en quién era esa persona. Era el hijo de alguien, el compañero de clase de, al menos, una de las personas que estaban ahí, pero nadie lo reconoció. Era una persona que quizás también buscaba las ardillas en las copas de los árboles.

Me detuve viendo las grietas, contemplando la irrealidad de lo sucedido. La gente pasaba ignorando lo que muchos sabían que había ocurrido, pero no querían recordar.

Siguiendo mi camino, mi pie pateó una bolita de papel. Rodó y dejó ver una pequeñísima mancha café que inmediatamente me hizo saber de qué se trataba. Me apresuré a desenvolverla y, cuando lo hice, entre las arrugas del papel y las manchas de suciedad, por fin lo leí:

Tomás David García López.

Tomás David murió el 16 de febrero de 2026. Solo yo supe quién era; nadie más lo reconoció.

Ilustración: Nátali Suástegui Mena