Fragmento de artículo de opinión...
Por Francisco Alejandro Michel Torres / Lic. en Comunicación
México, Día de la Independencia
Son casi las 11 de la noche. Justo a tiempo, antes de escuchar esas palabras tan exquisitas que recita el presidente en turno, solo son dos minúsculas partes de un pequeño juramento, promesas dichas con sangre y orgullo que retumban en cada rincón del país. Recordando la libertad y el poder que aquellos que murieron ese día para demostrar que México está fuera de la opresión de ese yugo europeo. Miles de familias llenan la plaza, frente al dichoso palacio municipal esperando que el balcón principal sea abierto; vestidos con una mítica apariencia de guerrillero, honrando el legado de lo que nos dejó ese día, comiendo el platillo más delicioso del cual uno se siente orgulloso de presumir, como buen mexicano. Todo el espectáculo comienza, gritos y gritos desde la plaza hasta calles más alejadas, todas presenciando el momento de la noche. El presidente sale de su refugio, y es visto por todos los mexicanos, un momento donde se unen cada uno de los presentes.