El rostro de la noche
Valeria Grajales Rodríguez/ Lic. en Lengua y Literatura Hispanoamericanas
Desde que Marcos tenía memoria, podía recordar la presencia de alguien que entraba por las noches a su habitación, se trataba de un muchacho cuyo rostro aparecía borroso en el laberinto de su mente, pues en cierto momento, este dejó de visitarlo. Marcos tenía 16 años; la última vez que vio a esa persona fue a los 10 años, siendo aquello para su yo actual, un producto de su imaginación infantil.
Era la noche de un viernes, la brisa movía lentamente las ramas de los árboles, mientras la luna iluminaba tenuemente la acera. Marcos estaba caminando hacia su casa tras un largo día de escuela cuando, de repente, creyó escuchar leves pasos detrás de él, por lo que se volvió pero, al no divisar nada, continuó su trayecto con un sentimiento de extrañeza. Al llegar a su hogar, se percató de la ausencia de su madre, esto era normal para él, ya que ella solía trabajar hasta tarde; así que pasó este detalle por alto y subió hasta su habitación, se aseó y bajó a cenar. Al volver a su habitación, una corriente de aire frío se deslizó por su piel, dando a entender que había dejado su balcón abierto (cosa que no recordaba haber hecho), viéndose obligado a cerrarlo antes de irse a dormir. En medio de la madrugada, se encontró a sí mismo en un sueño sofocante, asfixiante y caluroso, luchaba por despertar lo más pronto posible; cuando finalmente lo consiguió, se dio cuenta del motivo, algo le estaba oprimiendo el pecho; con dificultad, dirigió su mirada hacia arriba, tratando de acostumbrar sus ojos a la aplastante oscuridad, hasta que pudo vislumbrar un rostro pálido como la nieve, un par de ojos azules tan penetrantes como los de una fiera y una cabellera color cuervo; era él, el visitante nocturno de su infancia, luciendo exactamente igual que cuando lo conoció.
Al estar cara a cara, Marcos recordó detalles que había olvidado; al igual que ese día, aquel joven solía visitarlo cada viernes en la noche, no decía nada y se quedaba observándolo desde el balcón; las pocas veces que llegó a escuchar su voz fueron porque el pequeño le preguntaba quien era, a lo que el misterioso huésped respondía “Eso lo sabrás después”. Tras un largo silencio entre ambos, Marcos cayó en la cuenta de que aquel extraño muchacho seguía encima de él, podía sentir la frialdad de su piel y un caluroso aliento recorriendo su cuerpo; trató de decir algo, pero antes de poder articular palabra alguna, aquel desconocido se abalanzó sobre él tan rápido que no tuvo tiempo de reaccionar, desabotonó la parte superior de su pijama y clavó sus filosos dientes en una palpitante vena de su cuello; al principio, Marcos gritó aterrorizado, pero poco a poco, aquella mordida le produjo sensaciones nuevas, era una mezcla de terror, dolor y placer, un huracán de adrenalina que lo arrastró de forma abrumadora. Después de varios minutos, aquel ser detuvo su acción, se limpió la sangre que escurría de la comisura de sus labios, mientras veía directamente a los ojos de un Marcos jadeante quien, tras unos momentos de respiraciones agitadas, finalmente pudo hablar:
- ¿Quién… eres? – Hizo una pequeña pausa para calmar su agitación - ¿Qué eres?
- Qué alegría poder verte de nuevo, querido Marcos – Dijo enfatizando las últimas dos palabras.
- Responde mis preguntas, además, ¿Cómo sabes mi nombre? – Preguntó atemorizado.
- Soy Walter – Respondió sonriendo levemente – Y sé tu nombre porque te conozco muy bien, desde el momento en que naciste.
- ¿Por qué te ves igual que cuando era niño?, ¿Qué fue aquello de hace un rato?, ¿Eres alguna especie de monstruo?
- Todo eso lo responderé las noches siguientes, espera pacientemente.
Antes de que Marcos pudiera volver a hablar, Walter desapareció como si de una corriente de aire se tratase. Aquella noche se sintió eterna, no podía dejar de pensarlo.
Tal como lo había prometido, Walter regresaba cada noche a visitarlo y platicaban durante horas. Al inicio, Marcos se mostraba reacio a conversar con él, pero con el tiempo fue agarrando confianza, tanta que, como si se tratara de un hechizo, comenzó a dejar que mordiera su cuello, cada vez más gustoso. En una de aquellas reuniones, el pelinegro admitió su verdadera identidad, era un vampiro y estaba en busca de un compañero:
- Piénsalo, serías inmortal, viviríamos miles de aventuras, juntos tú y yo, por toda la eternidad – Dijo Walter suavemente, mientras sostenía sus manos.
- Suena tentador, pero no estoy muy seguro – Titubeo Marcos – Dame tres días para pensarlo.
- Está bien, ojalá aceptes – Le susurró al oído acariciando su rostro.
Por otro lado, la madre de Marcos lo notaba extraño, parecía no estar durmiendo bien últimamente. Ella había criado a su hijo sola desde que su marido falleció hace unos años, una fiebre desconocida lo mató. Marcos había heredado la belleza de su madre, quien de joven había tenido muchos pretendientes. Una noche, entró al cuarto de su hijo; lo que vio la dejó sin palabras; su hijo estaba escapando por el balcón, a su lado, había un muchacho, este se volteó, al verlo, se dio cuenta de que era el mismo que rechazó años atrás, en su juventud, antes de conocer al padre de su hijo.