Entre vivo y muerto

Cielo de los Ángeles Manga GrajalesLic. en Lengua y Literatura Hispanoamericanas

 

Por mucho tiempo trabajé en una funeraria. El negocio era de mi abuelo, y me lo heredó a mí cuando murió. Me dijo que su abuelo lo fundó hace un siglo atrás, que también lo heredó por parte de él. Mencionó una vez que le contó un secreto, y cuando yo fuera mayor, me lo contaría a mí. 

El secreto nunca me lo dijo en vida, ni siquiera en su lecho de muerte; solo en su testamento estaba escrito mi nombre junto al de la funeraria. Por meses, tuve la obsesión de saber cuál era ese secreto, así que me empeñe en buscar entre sus cosas algo inusual –y sospechoso -para obtener alguna pista. Desafortunadamente no encontré nada más que solo papeles viejos, desgastados y amarillos. Me rendí. Sin embargo, cinco años después de la muerte de mi abuelo… vi a la Muerte.

Fue el día del aniversario, por la noche, al terminar el rezo. Me fui a dormir después de un día pesado en la funeraria, y no tenía ánimos ni energías para lidiar con mis familiares en una reunión lastimera. Subí al segundo piso, me dirigí a mi habitación, estaba a punto de entrar cuando escuché mi nombre. Creí que había sido mi madre.

— ¿Yo? No, no te hablé, mi amor.

Desconcertado, volví a subir las escaleras y sucedió lo mismo. Alguien había dicho mi nombre. Pero esta vez, escuché con claridad la mismísima voz de mi abuelo. Me volteé hacia el pasillo; este se encontraba vacío. Una corriente de aire entró de pronto. “No lo entiendo” pensé, “no puede ser él, está muerto”. La corriente provenía de una habitación cuya puerta estaba entreabierta. Era la habitación de mi abuelo. 

Con sigilo, me adentré al lugar que olía a guardado. Desde que mi abuelo murió, mi abuela mantenía su puerta cerrada con llave; decía que era porque no le gustaba que nadie entrase y desordenaba sus cosas. Los únicos que podíamos entrar éramos mi abuela y yo; sin embargo, hacía años que no irrumpía en ese lugar. Pensé que ese día ella había olvidado cerrarla. Estaba oscuro, traté de encender la luz, pero el foco estaba fundido. La luz del farol de la calle alumbraba tenuemente desde la ventana; iba a cerrarla porque creía que de ahí entraba la corriente de aire, pero estaba ya cerrada. La inspeccioné por si tenía algún agujero; no había nada, todo estaba normal. El foco se encendió de pronto…

—¿Otra vez aquí, hurgando entre mis cosas?

La voz me asustó de sobremanera. Me volteé y… ahí estaba. El mismo hombre con el que había pasado gran parte de mi infancia (más que con mi padre), estaba parado frente a mí, sonriéndome, mirándome con esos ojos desafiantes. No pude decir ni una palabra, estaba atónito, sorprendido y muy asustado. El viejo se rió, caminó hacia mí.

—¿Qué?, ¿no te da gusto verme?—preguntó con su voz carrasposa y juguetona.

—Pero… tú estás muerto— le dije con apenas un poco de aire para respirar. 

—¿Muerto, yo? Claro que sí, ¿y te sorprende? Ves muertos todo el tiempo— el abuelo soltó una pequeña carcajada.

—¡Pero están completamente muertos!

—¡Shhh! —me dijo con su índice en la boca —No quiero que tu abuela se asuste. Solo vine para decirte una cosa. ¿Te acuerdas de aquel secreto que mi abuelo me contó al heredarme la funeraria?, pues ahora vengo a contártelo a ti. —Parecía un sueño. Era imposible e irreal lo que estaba sucediendo. Con pena y con mucho miedo, pregunté de qué se trataba, a lo que él respondió:

—Por años, desde que mi abuelo murió, la Muerte estuvo visitándome cada vez que alguien estaba a punto de irse de este mundo. Me decía que me preparara, que tomara todo lo que necesitaba para el cadáver y para mí, puesto que no iba a encontrarlo en la ciudad o en el pueblo vecino, sino muchísimo más lejos. A la Muerte le gusta jugar, ¿sabes? Nunca me lo ponía fácil. Me dejaba pistas para dar con el cadáver, para saber cómo murió; me ponía trampas, jugaba con mi mente y muchas veces di miles de vueltas para hallar una pista más. Los encontraba en fosas, pozos, ríos, enterrados en bosques, descuartizados en medio del monte; a algunos en cisternas, camiones abandonados, atrapados en el drenaje. A muchos de ellos, tenía que buscar sus miembros, o por lo menos, sus huesos, de otro modo, no servía.

—¿De qué hablas?, no entiendo. —El abuelo me miró a los ojos sin parpadear, yo aún no podía salir de mi asombro. 

—Por tener mi sangre en tu sangre, te presento a la Muerte. 

—El foco de la habitación volvió a apagarse, para dar paso al señor de las sombras, en forma de un gran bulto que daba hasta el techo. Tenía como ojos, un par de canicas rojas que brillaban con intensidad; no había rostro alrededor, más que la vil sombra deformada y oscura. Si yo ya estaba muriendo de miedo, en ese momento estaba más aterrado de lo que había estado en mi vida.

—Muy buenas noches— dijo la Muerte con una voz que parecía un susurro. Mi boca estaba seca y mi corazón latía demasiado rápido.

—Eres el siguiente. A partir de hoy, tu trabajo será el de ayudar a la Muerte, a encontrar los cuerpos de aquellos que brutalmente han desvivido.